El 6 de agosto de 1945, a las 8:15 de la mañana, el tiempo se detuvo para siempre en Hiroshima. Una ciudad de 245,000 habitantes despertaba bajo un cielo sereno; las amas de casa encendían sus braseros de carbón y los estudiantes marchaban hacia los lotes baldíos para crear cortafuegos. En ese instante, un calor de 300,000 grados Celsius fundió la superficie del granito a un kilómetro a la redonda, y todos los relojes de la ciudad se detuvieron.
Entre ese amanecer gris del 26 de febrero de 1936, cuando catorce soldados marcharon por las calles nevadas de Tokio, y ese momento de destrucción absoluta, se construyó el arco de un imperio que creyó que podía rehacer el mundo a su imagen. Esta es la crónica de cómo se forjó ese arco, cómo brilló con furia devastadora y cómo se derrumbó sobre las cabezas de quienes lo habían levantado.
La perspectiva japonesa de la Segunda Guerra Mundial no comienza en Pearl Harbor, sino mucho antes, en los campos helados de Manchuria y en las academias militares donde a los jóvenes oficiales se les enseñaba que morir era más honorable que rendirse. El descontento tenía raíces profundas y reales. La Gran Depresión había destrozado la economía rural japonesa; el precio de la seda bruta, la principal exportación del país, se había desplomado más del 50%.
Los agricultores del noreste de Honshu enviaban a sus hijos a las ciudades porque ya no podían alimentarlos, y algunos llegaron a vender a sus hijas a casas de geishas por unos pocos yenes. Los oficiales jóvenes del ejército, hijos de estas familias de pequeños propietarios y comerciantes, veían la corrupción de los políticos urbanos y los escándalos de los grandes consorcios como Mitsui y Mitsubishi, y sentían una indignación que se había convertido en doctrina.
La madrugada del 26 de febrero de 1936, la nieve caía sobre Tokio con una intensidad que quebraba récords de 54 años. Catorce soldados se preparaban para ejecutar el Gekokujo, un término acuñado en el siglo XV que significa literalmente “los de abajo dominando a los de arriba”. El teniente Kurihara irrumpió en la residencia oficial del primer ministro Keisuke Okada a las 5 de la mañana; en la oscuridad y el caos, sus hombres mataron a tiros al cuñado del premier, confundiéndolo con Okada, quien sobrevivió escondido en un armario bajo una pila de ropa sucia.
El ministro de finanzas, Korekiyo Takahashi, un hombre de 74 años, no tuvo tanta suerte: un oficial le vació su pistola, luego otro le cortó el brazo con una espada y lo apuñaló en el vientre mientras gritaba “Tenchu”, castigo del cielo.
La rebelión duró cuatro días. Los insurrectos ocuparon el ministerio de guerra y la sede de la policía metropolitana, pero el emperador Hirohito, informado en detalle desde el primer momento, los calificó como simples asesinos y exigió su supresión inmediata. El 29 de febrero, los rebeldes se rindieron pacíficamente; diecinueve fueron ejecutados.
Sin embargo, la rebelión dejó algo más duradero que la sangre en la nieve: demostró que el ejército era incapaz de controlarse a sí mismo y que el gobierno civil era demasiado débil para imponerse. En los años siguientes, los militares consolidarían su dominación mediante un mecanismo simple: el ejército y la marina tenían el derecho constitucional de designar a sus propios ministros, y si retiraban a esos ministros, el gabinete caía. Cualquier gobierno que desafiara las ambiciones militares sería disuelto.
La noche del 7 de julio de 1937, una compañía japonesa realizaba maniobras nocturnas cerca del puente de Marco Polo, a menos de 2 kilómetros de un gran contingente chino. Cuando un toque de corneta señaló el fin del ejercicio, llegaron disparos desde las líneas chinas. Los japoneses respondieron, y en minutos el intercambio terminó.
Había un solo japonés desaparecido. Se inició la negociación y ambas partes ya habían acordado que fue un malentendido cuando una segunda ráfaga cayó sobre las dos compañías japonesas desde una dirección no identificada. ¿Quién disparó esa segunda ráfaga?
Nunca fue establecido con certeza; algunos generales japoneses creyeron después de la guerra que habían sido agentes del Partido Comunista Chino, interesados en provocar una guerra total. El resultado fue inequívoco: el ejército japonés contraatacó y, antes de que terminara la semana, Tokio enviaba refuerzos.
El incidente del puente de Marco Polo dio inicio a la Segunda Guerra Sino-japonesa, que el gobierno de Tokio nunca declararía formalmente como guerra para evitar que las leyes de neutralidad estadounidenses cortaran el suministro de materias primas. La llamaron “el incidente de China”. Shanghai cayó en noviembre de 1937 después de tres meses de combates brutales, y el general Iwane Matsui avanzó hacia Nanjing, la capital, convencido de que su captura obligaría a Chiang Kai-shek a negociar.
El 13 de diciembre de 1937, las tropas japonesas entraron en Nanjing, donde civiles y prisioneros de guerra chinos fueron asesinados en lo que se conoce como la masacre de Nanjing. Los prisioneros eran usados como blancos de bayoneta, ahogados, quemados vivos o enterrados hasta el cuello antes de ser decapitados.
El general Matsui entró en Nanjing el 17 de diciembre para la ceremonia de victoria. Se dice que al observar el humo que todavía se elevaba sobre la ciudad, comenzó a llorar. Fue relevado del mando meses después por razones oficialmente atribuidas a su salud, pero en el Tribunal Militar Internacional para el Lejano Oriente, en 1948, fue condenado y ejecutado.
La guerra en China se prolongó ocho años más, sin resolución definitiva. El ejército japonés controlaba las ciudades y las líneas ferroviarias, mientras los guerrilleros chinos controlaban el campo. Para mantener la agresividad de los soldados frente a una guerra de desgaste, los instructores empleaban métodos que un oficial de la 11ª división, Tominaga Shozo, describió décadas después con precisión escalofriante: los nuevos reclutas tenían que ejecutar a prisioneros chinos con espadas o bayonetas como último escalón de su entrenamiento.
Para financiar y abastecer esta guerra interminable, Japón necesitaba algo que no tenía: petróleo, caucho, estaño, hierro. Todo eso estaba al sur, donde las potencias coloniales occidentales sostenían imperios que el ejército imperial miraba como un obstáculo y una oportunidad. El almirante Isoroku Yamamoto medía exactamente 1,60 metros, tenía los hombros anchos y el pecho de barril de un luchador.
Le faltaban dos dedos en la mano izquierda, perdidos en la batalla de Tsushima cuando era un joven guardia marina en 1905. Hablaba inglés con fluidez, había estudiado en Harvard, conocía los campos petrolíferos de Texas y las fábricas de automóviles de Detroit. Había dicho públicamente más de una vez que era una locura entrar en guerra con los Estados Unidos, y sin embargo, fue él quien diseñó el plan para atacar Pearl Harbor.
Su razonamiento era el de un jugador de póker, y Yamamoto era un jugador obsesivo, capaz de recordar la distribución de las cartas con la misma precisión con que recordaba los ideogramas japoneses. Si la guerra era inevitable, entonces la única estrategia viable era asestar un golpe tan devastador al principio que los estadounidenses, confrontados con meses de reconstrucción antes de poder contraatacar, aceptaran una paz negociada mientras Japón consolidaba su dominio sobre el sureste asiático. “Si fracasamos”, dijo Yamamoto a su jefe de operaciones, el excéntrico capitán Kameto Kuroshima, “es mejor que abandonemos la guerra”.
Los detalles más precisos sobre Pearl Harbor los proporcionó el alférez Takeo Yoshikawa, un agente de inteligencia de 29 años que vivía en Honolulu bajo el alias de Tadashi Morimura, con el cargo oficial de funcionario consular.
El 26 de noviembre de 1941, la fuerza de ataque de portaaviones Kidobutai se hizo a la mar desde la bahía de Hitokappu, en las islas Kuriles. Seis portaaviones, dos acorazados, dos cruceros pesados, un crucero ligero, ocho destructores y varios barcos de apoyo, un total de 360 aviones. Los pescadores locales habían sido recogidos preventivamente para que no pudieran ver la flota partir, el correo saliente estaba confiscado, y los capitanes recibieron instrucciones de hundir cualquier barco neutral que cruzara su camino.
La flota navegó en silencio de radio total hacia el noreste, tomando la ruta norteña a 42 grados de latitud norte, donde ningún barco comercial navegaba en noviembre por los mares embravecidos. Los marineros sujetaban las cargas de combustible con la dentadura por las noches de tormenta, mientras los pilotos jugaban a las cartas en los camarotes oscuros.
El 1 de diciembre de 1941, en el Palacio Imperial, el emperador Hirohito escuchó la presentación de la decisión de guerra. Sentado en el estrado, frente a las mesas largas donde el gabinete y los altos mandos guardaban silencio con la cabeza inclinada, no dijo una palabra. Luego se retiró.
Los documentos de declaración de guerra le fueron presentados para su sello, y los firmó. Los historiadores han debatido durante décadas el papel del emperador en esta decisión, pero la evidencia disponible indica que conocía el plan para atacar Pearl Harbor y lo aprobó. En enero de 1946 confesó a su gran chambelán Hisanori Fujita: “El emperador de un estado constitucional no puede expresarse libremente en discurso o acción.
Cuando se me presenta una decisión por procedimiento legal, no me queda más que aprobarla, aunque la considere sumamente indeseable”.
Antes del amanecer del 7 de diciembre de 1941, 353 aviones japoneses salieron de las cubiertas de seis portaaviones en un mar con olas de 4 metros de altura. Los portaaviones ladeaban entre 12 y 15 grados; las maniobras normalmente se cancelaban cuando las olas superaban los 5 grados, pero no había opción de posponer. El comandante Mitsuo Fuchida, piloto veterano de 3,000 horas de vuelo en China, lideraba la primera oleada.
Cuando divisó las costas de Oahu al amanecer, vio el sol elevarse a su izquierda, brillante y rojo, y los aviones delante de él se recortaban en silueta negra contra el rojo. A las 7:53, Fuchida transmitió la señal: “Tora, tora, tora”, tigre, tigre, tigre, la señal de que se había logrado la sorpresa total. A las 7:55, los primeros torpedos penetraron las aguas poco profundas de la dársena y golpearon la línea de acorazados.
En 90 minutos, dos oleadas de ataque hundieron o dañaron gravemente ocho acorazados, tres cruceros, tres destructores y 188 aviones. Murieron 2,403 estadounidenses. La Marina imperial japonesa perdió 29 aviones, cinco submarinos enanos y 65 hombres.
Pero los tres portaaviones de la flota del Pacífico estaban en el mar esa mañana, y las refinerías de petróleo, los depósitos de combustible y los astilleros de Pearl Harbor quedaron intactos. El almirante Nagumo, preocupado por la posibilidad de contraataques, ordenó que los portaaviones se retiraran sin lanzar una tercera oleada que habría podido destruir esas instalaciones. Yamamoto, a bordo del Nagato en el Mar Interior, supo del ataque por radio.
Había pasado la tarde jugando ajedrez japonés con su oficial favorito, el comandante Yasuji Watanabe, y ganó tres de cinco partidas. Cuando llegó la noticia del éxito, no hubo celebración en su camarote.
El 18 de abril de 1942, 16 bombarderos B25 del Ejército del Aire estadounidense despegaron de la cubierta del portaaviones Hornet a 1,050 kilómetros de las costas japonesas y sobrevolaron Tokio, Nagoya, Osaka y Kobe a mediodía de un sábado. Los civiles en las calles de Tokio saludaron a los aviones confundiendo sus marcas con el sol naciente. Un niño en un patio escolar pensó que los paracaídas que lanzaban eran un regalo de los americanos.
El daño físico fue mínimo, pero el daño psicológico fue inmenso: por primera vez en la historia, el suelo sagrado del archipiélago había sido bombardeado. Yamamoto se encerró en su camarote, pálido y deprimido, y no salió en todo el día. El ataque aceleró su decisión de llevar adelante la invasión de Midway, el atolón a 1,800 kilómetros al noroeste de Pearl Harbor.
Lo que Yamamoto no sabía era que los criptólogos de Nimitz habían roto el código de la Marina imperial. El almirante Joseph Rochefort en Pearl Harbor descifró suficiente del tráfico cifrado japonés para deducir que el objetivo principal era Midway y la fecha aproximada del ataque. Entre el 4 y el 7 de junio de 1942, en la batalla de Midway, cuatro de los seis portaaviones que habían atacado Pearl Harbor fueron hundidos en un plazo de horas.
El Akagi, el Kaga, el Soryu y el Hiryu desaparecieron con sus tripulaciones, sus pilotos entrenados, sus mecánicos especializados y sus aviones. Más de 3,000 marineros japoneses murieron. Los Estados Unidos perdieron el Yorktown y 307 hombres.
El almirante Tamon Yamaguchi, que comandaba el Hiryu, el cuarto portaaviones japonés en hundirse, rechazó el permiso de abandonar el barco. “Le confío el imperio japonés a usted”, le dijo a un oficial más joven, se abrochó la gorra y se quedó en el puente mientras el fuego lo consumía.
Japón nunca anunció la derrota. El Ministerio de Marina informó a sus tripulaciones supervivientes que si revelaban lo ocurrido serían procesados. Los marineros heridos de Midway fueron mantenidos en cuarentena en los hospitales sin visitas familiares hasta que la guerra terminó o murieron.
La nación siguió creyendo que el imperio avanzaba hacia la victoria. En agosto de 1942, los marines estadounidenses desembarcaron en Guadalcanal, una isla selvática de las Salomón donde los japoneses estaban construyendo un aeródromo que permitiría a sus aviones dominar el Pacífico Sur. Lo que siguió fue una campaña de seis meses que los veteranos japoneses describirían como el peor infierno que la guerra les puso delante.
El general Kiyotake Kawaguchi llevó sus 6,000 hombres a través de la jungla más densa de la isla con raciones para tres días, soportando temperaturas de 35 grados combinadas con lluvia constante, malaria, disentería y una selva donde la vegetación cortaba la ropa y la piel.
El 13 de septiembre de 1942, el asalto de Kawaguchi contra Henderson Field fue rechazado con pérdidas devastadoras. Más de 900 japoneses murieron en una sola noche. Los sobrevivientes se replegaron hacia el interior de la jungla, donde la malaria y el hambre hicieron lo que las balas americanas no habían terminado.
En Tokio, el alto mando no podía admitir que Guadalcanal estaba siendo perdida; enviaron refuerzos en convoyes nocturnos de destructores, la “carrera de Tokio” que los americanos esperaban invariablemente. En el campo, los soldados japoneses comían serpientes, ratas y raíces de palmera. Muchos murieron de desnutrición.
El diario del soldado Yokoyama, encontrado después de la guerra, registra con una escritura cada vez más débil que ya no tenía fuerzas para recoger sus propios excrementos y que pensaba en su madre. Para cuando Japón evacuó a sus últimos 10,652 sobrevivientes, habían muerto cerca de 24,000 soldados y marinos japoneses, dos tercios de ellos por enfermedad y hambre, no por combate.
El almirante Yamamoto sobrevolaba las islas Salomón para visitar las guarniciones en abril de 1943, cuando la inteligencia estadounidense, que había descifrado el itinerario de su vuelo, envió 16 cazas P38 a interceptarlo. Su avión de transporte Mitsubishi G4M fue derribado sobre la jungla de Bougainville a las 9:34 de la mañana del 18 de abril. Los soldados japoneses que rescataron los restos del avión encontraron a Yamamoto sentado erecto en su asiento con la mano apretando la empuñadura de su espada, como si todavía estuviera dando órdenes.
Mientras los ejércitos luchaban en las islas del Pacífico, el frente interior japonés experimentaba su propia transformación gradual y devastadora. Al principio, la guerra había traído euforia; después de Pearl Harbor, miles de telegramas de felicitación llegaron al almirante Yamamoto en el Nagato. Una estudiante de secundaria de Hiroshima recordaría décadas después que cuando cayó Singapur, su padre regresó a casa llorando de orgullo y gritó “¡Banzai!”
hasta que se quedó sin voz.
La vida cotidiana fue endureciéndose de manera casi imperceptible al principio. El racionamiento de telas comenzó en 1942; cada japonés recibía un certificado anual para comprar un número limitado de metros de algodón. La carne y el pescado fresco desaparecieron de los mercados antes de que terminara el año.
Las mujeres aprendieron a hacer miso con cáscaras de soja y a preparar tortas de arroz que incluían bagazo de sake y salvado, mezclados con lo poco de harina que quedara. Los hombres jóvenes desaparecían en el ejército, y las mujeres y los niños tomaban su lugar en las fábricas. El gobierno movilizó a las estudiantes de bachillerato para trabajar en las fábricas de municiones; muchas tenían 13 o 14 años, trabajaban 12 horas diarias, seis días a la semana, torneando proyectiles de artillería con manos que sangraban al final de cada jornada.
Un trabajador de fábrica de Nagano recordaría que en 1943 todavía podían conseguir comida suficiente, pero que para 1944 había noches en que volvían al dormitorio con el estómago vacío.
La propaganda del gobierno insistía en el concepto de ichoku yokusai: los 100 millones muriendo juntos como joyas rotas antes que rendirse. Los carteles en las estaciones de tren mostraban a madres japonesas amamantando a sus bebés con la frente alzada y el horizonte en llamas detrás de ellas. Las escuelas eliminaron todos los libros de texto que mencionaban la paz; la palabra misma “heiwa” dejó de usarse en los medios de comunicación.
La policía del pensamiento, el Tokko, la sección especial de la policía, vigilaba cualquier expresión de duda o descontento. Hombres eran detenidos por comentar que el arroz escaseaba, por escuchar transmisiones de radio extranjeras, por conservar publicaciones en idiomas occidentales. Pero había otras cosas que la propaganda no podía silenciar completamente.
Las cartas de los soldados empezaban a llegar con las partes censuradas, tan ennegrecidas que apenas quedaban palabras. Los trenes de heridos llegaban de noche a las estaciones periféricas, evitando las horas de mayor concurrencia, y los hombres sin piernas o sin brazos eran trasladados al amanecer para que nadie los viera.
El 15 de junio de 1944, más de 70,000 marines y soldados estadounidenses desembarcaron en Saipán, en las islas Marianas. Saipán era diferente a todas las batallas anteriores: era suelo japonés, la primera isla con una numerosa población civil japonesa bajo ataque directo. El general Yoshitsugu Saito comandaba la defensa con 29,000 soldados, y desde el primer día de la batalla quedó claro que no había posibilidad de evacuación ni de rendición.
Las instrucciones del alto mando en Tokio eran explícitas: defender hasta el último hombre. El 7 de julio de 1944, el general Saito ordenó el ataque banzai final. Estaba demasiado débil para liderarlo él mismo; murió más tarde esa mañana de un disparo en la cabeza, probablemente autoinfligido según el ritual.
Pero sus 4,000 hombres, muchos de ellos heridos, armados con bayonetas, sables y en algunos casos solo palos de bambú, cargaron contra las líneas americanas en la oscuridad antes del amanecer. Murieron casi todos.
Lo que siguió al avance americano hacia el norte de la isla fue sin precedentes en el Pacífico. Los civiles japoneses, familias enteras de colonos que llevaban años en Saipán, hombres, mujeres y niños, huyeron hacia los acantilados del norte de la isla y se lanzaron al mar. En Marpi Point, los americanos observaron impotentes mientras madres arrojaban a sus bebés desde la roca y saltaban después.
Las propias tropas japonesas, según testimonios de supervivientes, animaban a los civiles a suicidarse, diciéndoles que los marines americanos los torturarían y matarían de todas formas. Se estima que entre 1,000 y 5,000 civiles murieron en estos suicidios masivos en Saipán. En Tokio, la caída de Saipán provocó la dimisión del general Tojo como primer ministro el 18 de julio de 1944.
Saipán ponía a los B29 Superfortalezas dentro del radio de alcance de las ciudades japonesas; a partir de ese momento era solo cuestión de tiempo.
La idea del ataque suicida surgió de manera casi espontánea entre grupos de pilotos de la Marina y el Ejército en el otoño de 1944. El almirante Takijiro Onishi, al llegar a Luzón para tomar el mando de la quinta fuerza aérea de base con menos de 100 aviones operativos, anunció a sus comandantes su conclusión: “En mi opinión, hay una sola manera de convertir nuestra escasa fuerza en eficiencia máxima y eso es organizar unidades de ataque suicida compuestas por Zeros equipados con bombas de 250 kg, con cada avión estrellándose en un portaaviones enemigo”. El 21 de octubre de 1944, días antes de la batalla del Golfo de Leyte, los primeros kamikazes atacaron.
En los meses siguientes, hasta la rendición de Japón, la fuerza de ataque especial envió a 3,912 pilotos a la muerte. Hundieron 36 barcos americanos y dañaron otros 368.
Enin Yasunori Aoki tenía 22 años cuando fue incorporado al cuerpo de ataque especial en la primavera de 1945. Había estudiado silvicultura en Formosa por amor a la naturaleza y se había alistado en la marina por su glamour. Cuando en el aeródromo de Kochi en Shikoku se pidió voluntarios para el cuerpo de ataque especial, cada piloto recibió un papel; los que querían voluntariarse debían dibujar un círculo encima de su nombre, los que rechazaban un triángulo.
No había coerción y varios dibujaron triángulos sin vacilación. Aoki sintió que sería cobardía no ofrecerse. Además, razonó, nadie iba a sobrevivir la guerra de todos modos; al menos como piloto de ataque especial moriría como aviador y quizás hundiría un barco.
El 25 de mayo fue transferido a Kanoya en Kyushu, una base de preparación final. Esa tarde observó desde tierra como un grupo de kamikazes partía hacia Okinawa, y luego volvió deprimido al cuartel, una escuela primaria, y para su asombro encontró a seis hombres que creía que acababan de despegar.
Habían regresado, se habían negado a ir. La vergüenza de los demás se aligeró al verlos; si ellos podían no hacerlo, la cobardía era al menos un territorio conocido. Al mediodía siguiente, los aviones de su grupo estaban siendo sacados a las pistas cuando bombas americanas cayeron de repente sobre la base.
Aoki sobrevivió ese ataque, no llegó a partir hacia Okinawa, y la guerra terminó antes. No todos tuvieron esa oportunidad. El vicealmirante Matome Ugaki, que había comandado el Estado Mayor de Yamamoto, inició el último ataque kamikaze de la historia el 15 de agosto de 1945, horas después de que el emperador anunciara la rendición.
Subió a bordo de un bombardero de torpedo Suisei, sosteniendo el sable de batalla de Yamamoto, y condujo a otros 10 aviones hacia Okinawa. No se encontró rastro de ninguno de ellos.
La batalla del Golfo de Leyte en octubre de 1944 fue el último gran enfrentamiento naval. El almirante Jisaburo Ozawa llevaría los cuatro portaaviones supervivientes hacia el norte como cebo con solo 116 aviones a bordo y suficiente combustible para un viaje de ida. Mientras tanto, la primera fuerza de ataque del almirante Takeo Kurita, con cinco acorazados incluidos los dos gigantes más grandes jamás construidos, el Yamato y el Musashi, de 70,000 toneladas y cañones de 46 centímetros, atravesaría el estrecho de San Bernardino para atacar los transportes de desembarco en el Golfo de Leyte desde el norte.
El Musashi encajó 19 torpedos y 17 bombas antes de hundirse; cuando el barco finalmente se hundió, las aguas a su alrededor quedaron negras de petróleo y cubiertas de hombres que se aferraban a cualquier trozo flotante. Kurita llegó al estrecho y encontró solo un grupo de pequeños portaaviones de escolta, destructores y dragaminas.
Los destructores americanos, superados en tonelaje por proporciones imposibles, cargaron contra los acorazados japoneses lanzando torpedos desde distancias de 9,000 metros. Tres destructores fueron hundidos, pero los demás se mantuvieron en la lucha durante dos horas y media. Los aviones de los pequeños portaaviones de escolta, incluso cuando ya no tenían bombas, continuaban haciendo pasadas falsas contra los cruceros japoneses para distraerlos.
Y entonces Kurita dio la vuelta. Su flota se había dispersado en el caos del combate, había perdido contacto con Tokio, estaba exhausto, sin dormir durante tres días. Creyó que la fuerza que había peleado contra él era un grupo de portaaviones de combate de Halsey y que otro grupo de portaaviones estaba esperándolo más al norte.
Decidió girar para perseguirlos. “Creo ahora que debimos haber entrado al Golfo de Leyte”, dijo Kurita después de la guerra. “Entonces pensábamos que hacíamos lo mejor, pero ahora con la mente fría me doy cuenta de que estábamos obsesionados con los grupos de portaaviones”.
La batalla costó a Japón cuatro portaaviones, tres acorazados, 10 cruceros y 11 destructores; la Marina imperial nunca volvería a presentar batalla como flota.
El teniente general Tadamichi Kuribayashi diseñó la defensa de Iwo Jima con una claridad que presagiaba su propio final. Sabía que no podía ganar, pero podía infligir tales bajas que los americanos reconsiderasen la invasión del archipiélago. Escribió a su familia antes de la batalla: “Nunca retornaré vivo”.
En lugar de lanzar ataques banzai al estilo de Saipán, Kuribayashi ordenó a sus 21,000 hombres que construyeran 100 habitaciones subterráneas interconectadas por 18 kilómetros de túneles excavados bajo el volcán Suribachi y la roca volcánica de la isla. Algunos búnkeres tenían paredes de concreto de metro y medio de espesor. Los marines americanos, acostumbrados a que el bombardeo naval y aéreo previo al desembarco destruyera las defensas enemigas, descubrieron que en Iwo Jima los japoneses simplemente esperaban bajo tierra mientras caían las bombas y emergían intactos cuando los barcos levantaban el fuego.
La batalla duró 36 días; murieron 6,821 marines americanos. De los 21,000 defensores japoneses, solo 216 sobrevivieron como prisioneros. Kuribayashi envió su último telegrama a Tokio el 23 de marzo de 1945: “La situación ha llegado a su última fase.
Los hombres se dispersarán mañana para el asalto final”. Su cuerpo nunca fue encontrado.
Okinawa fue más grande aún. El 1 de abril de 1945, la mayor fuerza anfibia del Teatro del Pacífico desembarcó en la isla: 183,000 combatientes americanos contra una guarnición japonesa de 77,000 soldados más 20,000 milicianos o kinahuenses. El general Mitsuru Ushijima replicó la táctica de Kuribayashi, una red de trincheras y cuevas en la cadena de colinas del sur de la isla, diseñada para atraer a los americanos hacia posiciones donde los fusileros japoneses pudieran matarlos desde múltiples ángulos.
La batalla duró 83 días. Murieron 12,520 soldados americanos. El ejército japonés perdió aproximadamente 110,000 hombres.
Los civiles okinawenses, que hablaban un dialecto diferente al japonés estándar y cuyo territorio había sido anexado al imperio menos de 70 años antes, sufrieron pérdidas catastróficas: se estima que entre 80,000 y 150,000 civiles murieron, algunos en combates cruzados, otros empujados a suicidarse por soldados japoneses que les decían que los americanos los matarían de todas formas. Ushijima y su jefe de Estado Mayor, Isamu Cho, cometieron seppuku en su cuartel subterráneo el 22 de junio de 1945, cuando ya era evidente que no quedaban fuerzas para resistir.
Offshore, durante toda la batalla de Okinawa, las oleadas de kamikazes se sucedieron una tras otra. Desde el 1 de abril hasta la caída de la isla, siete grandes ataques kamikaze involucraron a más de 100 aviones. Hundieron 36 barcos americanos.
El vicealmirante C. R. Brown, que los observó desde la cubierta de su barco, escribió después: “Mirábamos cada kamikaze en picada con el horror distante de alguien que presencia un espectáculo terrible.
Olvidábamos nuestra propia situación mientras tratábamos de entender ese otro hombre allá arriba”. Mientras las batallas terrestres consumían a los soldados en las islas, los bombarderos B29 Superfortaleza del general Curtis LeMay reescribían la guerra aérea sobre el Japón metropolitano. El 9 de marzo de 1945, a las 11 de la noche, 334 B29 partieron de las Marianas con una carga inusual: bombas incendiarias de napalm en lugar de explosivos convencionales.
La misión apuntaba a Tokio, donde las casas de madera y papel se alineaban una junto a otra por kilómetros.
LeMay había estudiado los mapas de densidad demográfica de la capital y ordenado a sus bombarderos bajar a 1,500 metros de altitud, impensablemente bajo para una misión sobre Japón, para garantizar la precisión. El viento esa noche llegaba a 72 kilómetros por hora. Las primeras bombas crearon focos de incendio que el viento convirtió en una tempestad de fuego.
El fuego engendró su propio viento, succionando oxígeno hacia el centro del incendio desde kilómetros a la redonda. Los canales del este de Tokio hervían; los que saltaban al agua para escapar morían hervidos. Las calles se convertían en ríos de fuego líquido que corrían colina abajo por la geografía accidentada de la ciudad.
En una sola noche, el 9 de marzo de 1945, murieron entre 80,000 y 100,000 personas en Tokio. Más de 267,000 edificios fueron destruidos y un millón de personas quedaron sin hogar. Shinji Mikamo tenía 4 años esa noche; décadas después describiría cómo su madre lo arropó con mantas mojadas y lo cargó entre los cuerpos de los muertos mientras el viento transportaba las brasas desde cuadras de distancia.
Su padre, un maestro carpintero, murió esa noche. Shinji sobrevivió.
Entre marzo y agosto de 1945, los B29 quemaron 67 ciudades japonesas, destruyendo entre el 40 y el 80 por ciento de cada una de ellas. El número total de muertos civiles por los bombardeos incendiarios se estima entre 300,000 y 500,000. Para el verano de 1945, el 40 por ciento de la superficie construida de las ciudades japonesas había sido reducida a cenizas.
El ejército japonés consideró la posibilidad de armar a los civiles con bambú para resistir la invasión que veían venir. Los militares calculaban que una invasión americana del archipiélago costaría entre 10 y 20 millones de bajas japonesas, civiles incluidos, y varios millones de bajas americanas. El 14 de agosto de 1945, el mismo día que el presidente Truman ordenaba que las estaciones de radio difundieran los términos de paz en onda corta sobre Japón, el Estado Mayor del Ejército distribuía un documento titulado “Directiva para operaciones defensivas finales”.
El 6 de agosto de 1945, a las 8:15 de la mañana, el B29 Enola Gay, bautizado por su piloto, el coronel Paul Tibbets, en honor a su madre, soltó una bomba de 3 metros de largo sobre el centro de Hiroshima desde una altitud de 9,500 metros. Little Boy estalló a 600 metros sobre el suelo, sobre el puente Aioi, a 300 metros del punto previsto. La bola de fuego alcanzó una temperatura de 300,000 grados Celsius.
En un radio de 1,600 metros del punto de impacto, la temperatura superficial del granito superó los 1,000 grados; los tejados de tejas se fundieron y cambiaron de color, y las sombras de las personas quedaron grabadas para siempre en las paredes y el pavimento. Shigeru Shimoyama, recluta de 20 años que había llegado a Hiroshima cuatro días antes, estaba parado fuera de sus barracones a 550 metros al norte del punto de impacto. Vio una luz rosácea estallar en el cielo y fue lanzado dentro del enorme almacén de madera.
Cinco clavos largos en la viga del techo lo sostuvieron suspendido en el aire. Se soltó envistiéndola con la cabeza, cegado por la sangre, hasta que rompió la madera y salió al exterior. Pensó instintivamente: “Bomba atómica”.
Quería llegar a casa y ver a su hija antes de morir.
Yumiko Nakashima, a 1,000 metros del hipocentro, quedó atrapada bajo los escombros de la tienda de sake de su familia. Su primera angustia fue por su hija de 4 años, Iuko, que jugaba afuera. Inexplicablemente, escuchó la voz de Iuko a su lado: “Tengo miedo, mamá”.
Siendo una mujer diminuta de 1,37 metros, en su desesperación rompió su camino entre los escombros hacia el exterior. Todo alrededor era devastación. La gente caminaba a través de las ruinas en silencio, como sonámbulos con ropa quemada y harapos.
Era como una evocación del infierno budista. El doctor Shigeto, del hospital de la Cruz Roja, que había escapado del incendio original, regresó esa misma tarde. Encontraba a médicos en estaciones de primeros auxilios que decían que el agua era dañina para las quemaduras.
Contrariamente a esa creencia, gritó que el agua eliminaba el veneno de las quemaduras e hizo colocar carteles: “Puede dar agua. Dr. Shigeto, subdirector Hospital de la Cruz Roja”.
Ese día quizás 100,000 personas murieron en Hiroshima; un número igual moría en las semanas siguientes de quemaduras, lesiones y envenenamiento por radiación.
En Tokio, la reacción del Estado Mayor del Ejército ante la noticia fue característica. El ministro de guerra, Anami, cuestionó si la bomba había sido realmente atómica; solo había la palabra de Truman, quizás fuera un truco. El científico nuclear más eminente de Japón, el Dr.
Yoshio Nishina, fue enviado a Hiroshima en avión. Cuando su avión sobrevoló la ciudad antes del anochecer, el piloto preguntó: “Señor, se supone que esto es Hiroshima. ¿Qué hacemos?”
Nishina miró el desierto donde había estado una ciudad y dijo: “Aterrice”. El 8 de agosto, la Unión Soviética declaró la guerra a Japón, honrando el compromiso adquirido en Potsdam de entrar en la guerra tres meses después de la victoria sobre Alemania. Esa misma noche, 1,600,000 soldados soviéticos cruzaron la frontera de Manchuria.
El Ejército de Kwantung, que en los años 30 había sido el orgullo de las fuerzas armadas japonesas, tenía ahora una eficiencia de combate de menos del 30 por ciento de un regimiento de primera línea de la preguerra.
El 9 de agosto, el B29 Bockscar llevó Fat Man sobre Nagasaki. El objetivo primario, Kokura, estaba cubierto de humo y nubes; el bombardero giró hacia Nagasaki. A las 11:01 de la mañana, 70,000 personas murieron en el instante de la detonación y otras 74,800 morirían de sus heridas en los meses siguientes, según los cálculos oficiales japoneses de la ciudad.
Shigeyoshi Morimoto, el artesano de cometas que había escapado milagrosamente del bombardeo de Hiroshima tres días antes y regresado a su casa en Nagasaki, estaba explicándole a su esposa era la pica, el relámpago del estallido, cuando la luz lo interrumpió a media frase. Abrió una trampilla en el suelo y empujó a su esposa e hijo al refugio. En la tarde del 9 de agosto de 1945, el primer ministro Kantaro Suzuki convocó una reunión de emergencia de los seis miembros más importantes del Consejo Supremo de Dirección de la Guerra, los militares y los civiles, en el búnker subterráneo bajo el Palacio Imperial.
La discusión había durado horas durante días sin llegar a ninguna conclusión. El ministro de guerra, Anami, y los jefes del Estado Mayor del Ejército y la Marina exigían que Japón siguiera luchando o al menos que impusiera condiciones a la rendición: que los japoneses se desmovilizaran por sí mismos, que los criminales de guerra fueran juzgados por tribunales japoneses, que las fuerzas de ocupación fueran limitadas. El ministro de Relaciones Exteriores, Shigenori Togo, insistía en que era imposible seguir combatiendo y que exigir condiciones adicionales solo llevaría al rechazo aliado y a más destrucción.
A medianoche, el primer ministro Suzuki tomó una decisión sin precedentes: pidió al emperador que expresara su voluntad. El emperador Hirohito se puso de pie. Quienes estaban en la sala, los ministros, los generales, el presidente del Consejo Privado, inclinaron la cabeza.
Algunos se inclinaron hacia adelante sobre las mesas, sollozando con los brazos extendidos. La voz del emperador estaba tensa; se detuvo varias veces. El secretario del gabinete, Hisatsune Sakomizu, mirando hacia arriba en ese momento, vio a su majestad mirando el techo mientras se limpiaba los anteojos con el pulgar enguantado de blanco.
“He reflexionado seriamente sobre la situación que prevalece en el país y en el exterior, y he llegado a la conclusión de que continuar la guerra significa la destrucción de la nación y la prolongación del derramamiento de sangre y la crueldad en el mundo. No puedo ver a mi inocente pueblo sufrir más. Poner fin a la guerra es la única manera de restaurar la paz mundial y librar a la nación de la terrible angustia que la agobia”.
Se detuvo. “Me duele pensar en aquellos que me sirvieron con fidelidad. Los soldados y marineros que han sido muertos o heridos en batallas lejanas.
Las familias que han perdido todos sus bienes y con frecuencia sus vidas en los ataques aéreos en casa. Vuelvo a decir que es insoportable para mí ver a los valientes y leales combatientes de Japón desarmados. Es igualmente insoportable que otros que me han prestado devotos servicios sean ahora castigados como instigadores de la guerra.
Sin embargo, ha llegado el momento de soportar lo insoportable”. En el silencio que siguió, el primer ministro Suzuki se puso de pie: “Las palabras de su majestad deben convertirse ahora en la decisión unánime de esta conferencia”.
Al amanecer del 15 de agosto de 1945, la voz del emperador Hirohito fue transmitida por la radio a todo el imperio japonés por primera vez. La locución estaba en el lenguaje formal de la corte imperial, prácticamente incomprensible para la mayoría de los japoneses. Algunos ciudadanos se arrodillaron en la calle llorando, sin entender exactamente lo que se decía.
Otros entendieron enseguida. Una mujer en Osaka, recordando ese momento décadas después, dijo que al oír la voz del emperador en el radio, su primer pensamiento fue: “Es una voz tan ordinaria”. En el Ministerio de Guerra, el general Anami fue hallado muerto esa mañana.
Había cometido seppuku en el corredor de su residencia oficial, apuntando su daga hacia abajo desde la garganta. Dejó una nota: “Creyendo firmemente que el suelo sagrado del Japón jamás será destruido, me suicido con mi muerte para disculparme ante el emperador por el gran crimen de perder la guerra”.
La noche del 14 de agosto, mientras el emperador registraba el discurso de rendición para su transmisión al día siguiente, un grupo de jóvenes oficiales del ejército, liderados por el mayor Kenji Hatanaka, tomó la decisión que llevaban semanas discutiendo. Hatanaka entró al cuartel general de la división de la guardia imperial con una pistola y pidió al general Takeshi Mori que firmara órdenes para que sus tropas ocuparan el palacio imperial. El general se negó; Hatanaka lo mató.
Con órdenes falsas selladas con el sello del general muerto, las tropas de la división de la guardia ocuparon el palacio y comenzaron a buscar los discos de fonógrafo con la grabación del discurso imperial. Los discos del Gyokuon-hoso, como los llamaron después, una referencia al concepto de las joyas rotas que prefieren destruirse antes de ser profanadas. Durante cuatro horas, la rebelión tuvo control del palacio.
Los soldados revisaron habitación por habitación; los cortesanos que guardaban los discos los ocultaron en una bolsa con documentos y los pusieron debajo de una montaña de libros en un pequeño cuarto seguro. No fueron encontrados. Al amanecer, el general Shizuichi Tanaka, del ejército del distrito oriental, entró al palacio y ordenó a los rebeldes que se rindieran en nombre del emperador.
Hatanaka dio la señal de que la operación había terminado y salió al jardín exterior del palacio. Disparó un solo tiro en la cabeza. Tenía 33 años.
La grabación fue transmitida a las 12 del mediodía del 15 de agosto. En la bahía de Tokio, el 2 de septiembre de 1945, a bordo del acorazado USS Missouri, el general Yoshijiro Umezu firmó el instrumento de rendición en nombre del Estado Mayor Imperial del Ejército. El ministro de Relaciones Exteriores, Mamoru Shigemitsu, firmó en nombre del gobierno imperial.
El general Douglas MacArthur firmó en nombre de los poderes aliados. La Segunda Guerra Mundial había terminado. La guerra que Japón comenzó en las nieves de Manchuria en 1931 y escaló hasta abarcar medio planeta, terminó en la firma de un documento sobre una mesa de caoba a bordo de un acorazado.
Los números son casi imposibles de asimilar en su totalidad. Japón perdió entre 2. 5 y 3.
1 millones de militares muertos. Entre 550,000 y 800,000 civiles japoneses murieron en los bombardeos, en los suicidios de Saipán y Okinawa, en los naufragios de barcos de suministro, en el hambre de los últimos meses de la guerra. Hiroshima y Nagasaki suman otros 200,000 muertos en el momento o por los efectos de la radiación.
China sufrió entre 8 y 13 millones de muertos militares y civiles durante los ocho años de la guerra con Japón. Los historiadores modernos estiman que la guerra total en Asia y el Pacífico mató entre 25 y 35 millones de personas.
Los juicios del Tribunal Militar Internacional para el Lejano Oriente, conocidos como los juicios de Tokio, comenzaron en mayo de 1946 y condenaron a muerte a siete hombres, entre ellos el ex primer ministro Tojo y el general Matsui, el comandante durante la masacre de Nanjing. Veintiún imputados recibieron cadena perpetua. El almirante Onishi, organizador del cuerpo kamikaze, no esperó el veredicto; cometió seppuku la noche del 15 de agosto de 1945.
En su nota de suicidio, pidió perdón a los espíritus de los pilotos que habían muerto a sus órdenes y expresó la esperanza de que Japón reconstruyera su nación honrando esas muertes. Hirohito permaneció en el trono hasta su muerte en 1989, protegido por la decisión de MacArthur de no procesarlo para preservar el orden en Japón durante la ocupación. Sus palabras de la Conferencia Imperial de la madrugada del 10 de agosto de 1945, recogidas por el secretario del gabinete Sakomizu en notas tomadas a mano y más tarde verificadas por el chambelán imperial Fujita en una conversación privada de enero de 1946, muestran a un hombre que al final eligió a su pueblo por encima de su institución: “No puedo ver a mi inocente pueblo sufrir más”.
La pregunta de si esa elección llegó demasiado tarde o podría haber llegado antes, ha ocupado a los historiadores durante 80 años y seguirá ocupándolos.
Cincuenta años después de la guerra, la Organización periodística japonesa NHK recopiló testimonios de la generación que la vivió. Hablaron marineros, pilotos, trabajadoras de fábrica, mujeres de campo que enviaron a sus maridos y esperaron cartas que no llegaron. Hablaron también los que prefirieron durante décadas no hablar.
El oficial Tominaga Shozo, que ejecutó a prisioneros chinos como parte de su adiestramiento y luego ordenó a sus soldados que hicieran lo mismo, tardó 40 años en empezar a hablar de ello públicamente. “Todos nos convertimos en demonios”, dijo al periodista. “Buenos hijos, buenos padres, buenos hermanos mayores en casa traídos al frente para matarse mutuamente”.
El marinero que sirvió a bordo del Nagato de Yamamoto y redactaba las tarjetas de respuesta del almirante a los miles de telegramas de felicitación llegados después de Pearl Harbor, recuerda los sueños que compartían con sus camaradas: después de la victoria, él quería ir a San Francisco y dirigir el departamento de contabilidad de la guarnición de ocupación. Nadie quería ir a China; todos soñaban con América.
La enfermera de la Cruz Roja, Kyoko Sato, hospitalizada con fiebre en un dormitorio de madera de Hiroshima cuando cayó la bomba, recuerda que su primera sensación fue la de que sus pulmones se colapsaban. Cuando salió al exterior, encontró una corriente sólida de humanidad silenciosa, moviéndose lejos de la ciudad, semidesnuda y sangrante, sin histeria y sin lágrimas. “Lo irreal de ello era aterrador”, dijo.
El piloto de caza Mogami Sadao, que pasó años en la frontera de Manchuria preparado para atacar bases aéreas soviéticas cuyos mapas tenía memorizados, recuerda la mañana del 8 de diciembre de 1941 cuando un compañero lo sacó del hangar para decirle que la Marina había atacado Pearl Harbor. “¿Qué? Guerra con América.
Podemos ganarle a América”. Eso fue lo que dijo en voz alta. Había pasado años estudiando el ruso para la guerra contra la Unión Soviética; no sabía nada del ejército americano ni el nombre de un solo avión.
“Eso debería decirles en qué estado de preparación estaba el ejército”.
Shisuko Yura tenía 7 años cuando la llevaron a una estación de primeros auxilios después de Hiroshima. Estaba cerca de la muerte, pero nadie la oyó quejarse. Pedía agua constantemente; su madre se la daba contra el consejo de los asistentes.
“Papá está lejos de casa, en un lugar peligroso”, dijo antes de morir. “Por favor, sigue viva, mamá. Si los dos morimos, él estará muy solo”.
Nombró a todos sus amigos y familiares. Cuando llegó a sus abuelos, añadió: “Fueron buenos conmigo”. Luego gritó: “¡Papá!
¡Papá!” Y murió. El imperio del sol naciente tardó décadas en nombrar lo que había hecho y algunos sectores de su sociedad no lo han nombrado todavía.
Los libros de texto escolares japoneses han sido arena de batalla política durante 80 años, con gobiernos conservadores insistiendo en minimizar las atrocidades cometidas por el ejército y grupos civiles y académicos insistiendo en que el silencio es una forma de repetición. Las 200,000 mujeres de China, Corea, Filipinas y otros países asiáticos que fueron forzadas a servir como “mujeres de confort” para el ejército imperial, eufemismo para esclavitud sexual sistemática, esperaron hasta la década de los 90 para ver reconocida públicamente su existencia por el gobierno japonés. El reconocimiento llegó en 1993 en la declaración del jefe de gabinete Yohei Kono, que admitía que las autoridades militares japonesas habían participado directamente en el reclutamiento forzado; sigue siendo políticamente controvertido.
El Dr. Shiro Ishii, comandante de la Unidad 731 en Manchuria, donde se realizaron experimentos con armas bacteriológicas y biológicas en prisioneros chinos, coreanos y aliados, nunca fue juzgado. Los Estados Unidos le otorgaron inmunidad a cambio de sus datos de investigación.
Murió de cáncer de garganta en 1959, a los 67 años, en Japón. Ise Sagawa, uno de los supervivientes de Hiroshima más conocidos como Hibakusha, persona bombardeada, describió en sus memorias de la posguerra la perplejidad que sintió al regresar a los escombros de su ciudad natal y encontrar flores silvestres que ya estaban creciendo entre las piedras quemadas ese mismo otoño de 1945. Nadie les había dicho a las flores que el suelo era veneno.
Lo que dejó la guerra en Japón fue más complejo que la destrucción. Dejó una generación que sabía que había sostenido algo monstruoso y que no siempre encontraba el lenguaje para decirlo. Dejó una Constitución que en su artículo 9 renunciaba a la guerra como instrumento de política nacional, redactada bajo la supervisión americana, sí, pero adoptada por una sociedad que había visto a dónde llevaba el camino opuesto.
Dejó el concepto de heiwa, la paz, que había sido prohibido en los medios de comunicación durante la guerra, convertido en la palabra más repetida y valorada de la nación en la posguerra.
Y dejó a los supervivientes de Hiroshima y Nagasaki, los Hibakusha, estigmatizados durante décadas por sus propios compatriotas, que temían que la radiación fuera contagiosa, que sus hijos nacerían deformes, que su mera presencia traía mala suerte. Las mismas personas que habían sobrevivido lo insoportable tuvieron que sobrevivir también el rechazo de quienes no querían recordar que aquello había ocurrido. El marinero que soñaba con ir a San Francisco terminó pasando el resto de su vida en Yokohama.
El piloto de caza que memorizó mapas de bases soviéticas vendió seguros de vida durante 30 años. El oficial que ejecutó prisioneros chinos como parte de su adiestramiento se convirtió en maestro de escuela; 40 años después empezó a visitar China con grupos de reconciliación, cargando con él las fotografías de los campos de batalla. La niña de 7 años que murió en la estación de primeros auxilios de Hiroshima, preocupada porque su padre estaría solo si los dos morían, nunca supo que su padre ya había muerto en algún archipiélago del Pacífico cuyo nombre no habría reconocido.
La guerra terminó, las consecuencias continuaron.


