El Brutal Destino de las Princesas Nazis tras la Segunda Guerra Mundial

El Brutal Destino de las Princesas Nazis tras la Segunda Guerra Mundial

El hundimiento del Tercer Reich en la primavera de 1945 no solo sepultó el sueño criminal de Adolf Hitler; también dictó un destino atroz para las mujeres que vivieron a la sombra del poder nazi, una élite femenina que pasó de los salones dorados al veneno, las balas y las cenizas esparcidas al viento. La historia, durante décadas, las ha recordado apenas como comparsas, pero nuevas revelaciones muestran que fueron piezas clave del horror.

La primera de ellas, Magda Goebbels, la autoproclamada primera dama oficiosa del nacionalsocialismo, convirtió sus últimos días en un macabro espectáculo de lealtad fanática. Nacida en Berlín el 11 de noviembre de 1901, hija natural de una criada, escaló hasta el corazón del régimen gracias a su matrimonio con Joseph Goebbels, el ministro de Propaganda, y a su devoción casi mística por Hitler.

Magda se unió al Partido Nazi en 1930, fascinada tras escuchar a Goebbels en un mitin en el Palacio de los Deportes. Su amor por el ministro fue inmediato, pero su verdadera entrega era hacia el Führer, a quien veía como un ser superior. Hitler la consideró capaz de desempeñar un papel importante en su vida, un complemento platónico que la convirtió en pieza íntima del régimen.

La pareja tuvo seis hijos, bautizados con nombres que comenzaban con la H en honor a Hitler: Helga, Hildegard, Helmuth, Holdine, Hedwig y Heidrun. Magda se transformó en el modelo de madre alemana, la primera mujer en recibir la Cruz de Honor de la Madre Alemana. Mientras tanto, su mansión en el barrio berlinés de Reyler Platz era el centro de reunión de la cúpula nazi, donde Göring, Himmler y Röhm disfrutaban de sus guisos y su conversación.

Sin embargo, el brillo del poder se quebró cuando Goebbels inició un romance con una actriz checa de 22 años. Magda, herida en su orgullo a pesar de sus propios escarceos, pidió a Hitler autorización para divorciarse. El Führer se negó en seco: un divorcio habría manchado la imagen pública del Tercer Reich.

Magda comprendió entonces que su destino no le pertenecía, ni el suyo ni el de sus hijos.

El 22 de abril de 1945, con el Ejército Rojo a las puertas de Berlín, los Goebbels pidieron permiso a Hitler para acompañarlo en el búnker. Reconociendo su inquebrantable lealtad, el Führer arrancó de su solapa la insignia de oro del Partido Nazi y se la entregó a Magda. Fue su momento cumbre, la antesala de la catástrofe absoluta.

Dos días antes del suicidio de Hitler, Magda escribió una carta a su hijo mayor Harald, fruto de su primer matrimonio, que servía en la Luftwaffe. En ella afirmaba que el mundo que vendría después del Führer y del nacionalsocialismo no merecía ser vivido. El 1 de mayo de 1945, tras encerrarse en una habitación con sus seis hijos, les administró somníferos y luego inyecciones letales.

La mayor tenía 12 años; el menor, menos de cinco.

Horas después, Magda se vistió con parsimonia, ajustándose con decisión la gorra de plato color caqui, y subió a la superficie del búnker. Su esposo se disparó; ella ingirió una cápsula de cianuro. Sus cuerpos fueron incinerados a medias, hallados por los rusos y enterrados en secreto en Magdeburgo, en los terrenos del cuartel general del KGB.

En 1970, soldados soviéticos exhumaron sus restos, los incineraron por completo y arrojaron las cenizas al río Elba. Ni en sus peores sueños imaginó un final semejante.

La suerte de Eva Braun, la discreta amante que se convirtió en esposa de Hitler por un día, fue similar. Nacida el 6 de febrero de 1912, conoció al futuro dictador en 1929, cuando trabajaba en el taller del fotógrafo personal del Führer, Heinrich Hoffmann. Hitler, con su tono más amable, la invitó a la ópera, pero antes ordenó investigar su árbol genealógico para descartar antepasados judíos.

Eva era entonces una joven que veía en él a un señor de cierta edad con un bigotillo gracioso.

La relación fue un calvario de ausencias y soledad. Eva intentó quitarse la vida en dos ocasiones: primero con un disparo en el pecho en 1932, luego con somníferos en 1935. Ambos actos buscaban llamar la atención del dictador, que se entregaba por entero a su carrera política.

Durante la guerra, Eva vivió en la residencia de Obersalzberg, la llamada Guarida del Lobo, esperando a un Hitler que pasaba meses en el frente. Su diario refleja la desesperación de la amante invisible.

El 16 de enero de 1945, Eva siguió a Hitler al búnker de Berlín. Ensayaba con su pistola por si los rusos entraban por sorpresa. El 29 de abril, Hitler se casó con ella en una sencilla ceremonia; el anillo forjado a toda prisa le quedaba grande.

Al día siguiente, Eva recibió una dosis de cianuro y una pistola. Hitler masticó una ampolla de cianuro y se disparó. Eva no llegó a usar el arma; murió envenenada a los 33 años.

Sus cuerpos, quemados en el jardín de la Cancillería, corrieron la misma suerte que los de los Goebbels: exhumados, incinerados y arrojados al río.

Pero no todas las “princesas” del nazismo murieron en el búnker. Lina Heydrich, viuda del jefe de la Gestapo Reinhard Heydrich, logró sobrevivir y construyó una larga vida de nostalgia por el régimen. Nacida en 1911 en la isla báltica de Fehmarn, era miembro de la pequeña nobleza danesa.

Conoció a Heydrich en 1930 en un baile del club de remo de Kiel, tras ganar una regata. Ella tenía 19 años; él, 26. Lina, fanática nacional socialista, decidió convertirse en su lazarillo político.

Fue Lina quien empujó a su esposo a ingresar en las SS, consciente de sus extraordinarias actitudes. Un error burocrático lo presentó como oficial de inteligencia naval, aunque solo había hecho un curso de transmisiones. Lina no dudó en viajar a Múnich con él, enfermo de gripe, para una entrevista con Heinrich Himmler.

El esquema que Heydrich improvisó con lenguaje de novelas de espionaje encandiló al Reichsführer. Días después, Heydrich era jefe del SD. Lina celebró aquello como el día más glorioso de sus vidas.

El matrimonio se distanció con los años, devorado por la infidelidad y el poder. Heydrich se convirtió en el carnicero de Praga, pero también pacificó el protectorado con mejoras laborales. El 27 de mayo de 1942, un comando checo lo atacó; murió de septicemia el 4 de junio.

Hitler regaló a la viuda una lujosa residencia en Jungfer Bresan, donde nació su hija póstuma y murió su hijo mayor, atropellado por un camión. Al final de la guerra, Lina huyó a Fehmarn, su isla querida.

En una entrevista recogida en los archivos, Lina Heydrich justificó los crímenes del régimen con una frialdad escalofriante. Describió a las SS como “una noble caballería de hombres valientes, honorables y leales” y afirmó que Himmler era “un soñador con la visión de un gran mundo nuevo”. En cuanto a la matanza de Lídice, la consideró una medida de disuasión necesaria contra los partisanos.

Negó que su marido fuera un verdugo y aseguró que los checos lo apreciaban, con largas filas de dolientes en su funeral.

Lina nunca renunció al nacionalsocialismo. Litigó contra las autoridades de Schleswig-Holstein y obtuvo una pensión como viuda de un general de la policía muerto en acción, pensión a la que tenía derecho según las leyes heredadas del Tercer Reich. En 1965 se casó con un director de teatro finlandés y convirtió su mansión en una posada-restaurante frecuentada por nostálgicos del régimen.

Un incendio y la muerte de su segundo esposo arruinaron el proyecto. Falleció el 14 de agosto de 1985, sin haber mostrado arrepentimiento alguno.

Emmy Göring, la esposa del mariscal y creador de la Gestapo, encarnó el perfil de la esposa apolítica, sumisa y compasiva. Nacida en el seno de una familia humilde, alta y rubia, parecía ingenua. Conoció a Göring en 1932, cuando el futuro mariscal lloró ante ella la muerte de su adorada primera esposa, Karin.

Emmy supo mostrarse admirada y compasiva. Se casaron en marzo de 1935, con Hitler como padrino y 30. 000 soldados alineando la vía nupcial.

La boda parecía el restablecimiento de la monarquía.

Emmy disfrutó del lujo de Carinhall, el palacio que conservaba el nombre de su antecesora, y recibió a príncipes y duques entre tesoros expoliados y cachorros de león. Tras la guerra, fue arrestada por los estadounidenses y sometida a un proceso de desnazificación. En una entrevista de 1951 se defendió argumentando que ella no era una persona política y justificó a su marido, que se había suicidado con cianuro en 1946 para evitar la horca.

Murió en 1973, manteniendo hasta el final la defensa de un hombre que había hecho construir campos de concentración antes de casarse con ella.

Margarete Himmler, esposa del Reichsführer SS, tuvo un destino más silencioso pero igualmente sombrío. Casada con Himmler en julio de 1928, Margarete, enfermera rubia de ojos azules, era siete años mayor que él, divorciada y protestante, lo que provocó el rechazo de la familia de su esposo. Compraron una casa prefabricada en Waldtrudering, cerca de Múnich, donde ella crió a su única hija, Gudrun, nacida en 1929.

Himmler estaba constantemente fuera por negocios, y su esposa se hacía cargo de un negocio de cría de ganado que fracasó.

La relación se fue enfriando. Himmler tenía una amante, su secretaria Hedwig Potthast, con quien tuvo dos hijos. Margarete, que vivía con su hija en Gmund, se enteró de la relación en 1941 y decidió tolerarla por el bien de la niña.

En abril de 1945, la pareja se vio por última vez. Poco después, Margarete y Gudrun fueron arrestadas por las tropas estadounidenses. Pasaron por varios campos de internamiento en Italia, Francia y Alemania.

Interrogada, quedó claro que desconocía los asuntos oficiales de su esposo; se la describió como alguien de mentalidad de pueblo pequeño.

Liberada en noviembre de 1946, Margarete se refugió en la institución Betel de Bielefeld, una estancia que fue respaldada por la junta ejecutiva a pesar de la controversia. Su hija Gudrun, apodada “Pupi” o “muñequita” por su padre, se convirtió en una activista que defendió hasta su muerte en 2018 la memoria del Reichsführer. Gudrun incluso ayudó a escapar a antiguos criminales de guerra.

Fue conocida como “la princesa de las SS”, una muestra de que el legado de estas mujeres no se extinguió con la guerra.

El destino de estas mujeres es brutal y contradictorio. Algunas murieron envueltas en veneno y fuego, asesinando a sus propios hijos en nombre de una ideología criminal. Otras vivieron décadas defendiendo a sus maridos y el legado nazi, negando los crímenes que mancharon sus apellidos.

Ninguna enfrentó plenamente la justicia por su complicidad moral. Desde las cenizas esparcidas en el Elba hasta las posadas para nostálgicos del Tercer Reich, las princesas del nazismo escribieron un capítulo oscuro que la historia no puede esconder.

Sus testimonios revelan que el mal no solo se perpetró en los frentes de batalla y en los campos de exterminio, sino también en los hogares del poder, en las cenas con la cúpula del partido y en las conversaciones de sobremesa. Estas mujeres no fueron simples espectadoras: fueron cómplices, adoradoras y, en algunos casos, verdugas de sus propios hijos. Su historia es una advertencia eterna sobre cómo el fanatismo puede corromper hasta los afectos más elementales y convertir el amor maternal en un acto de muerte.