NUREMBERG, 17 de abril de 1946. En una de las salas más tensas que se recuerdan en el Palacio de Justicia de Nuremberg, el Tribunal Militar Internacional ha sometido hoy a Alfred Rosenberg, uno de los ideólogos fundadores del partido nacionalsocialista, a un interrogatorio que ha durado dos jornadas completas y que ha dejado al descubierto la maquinaria de odio, expolio y esclavitud que impulsó el Tercer Reich. El acusado, visiblemente nervioso pero manteniendo una compostura académica, ha intentado desligarse de los crímenes más atroces, atribuyéndolos a otros jerarcas, mientras la fiscalía le ha confrontado con documentos que revelan su participación activa en el saqueo cultural de Europa, la deportación de millones de personas y el diseño de un imperio racial en el Este.
La sesión de hoy ha estado dominada por la figura de un Rosenberg que se ha presentado como un simple filósofo y arquitecto, un hombre que, según sus propias palabras, solo buscaba el renacimiento cultural de Alemania y que fue arrastrado por los acontecimientos. Sin embargo, el fiscal soviético, con una precisión implacable, ha ido desmontando esta fachada pieza por pieza. Al ser preguntado sobre su papel en la preparación del ataque contra la Unión Soviética, Rosenberg ha negado cualquier participación en la planificación militar, pero ha admitido que fue nombrado el 20 de abril de 1941 como Comisario para el Control Central de los Asuntos de las Regiones del Este, una posición que, según la acusación, era el núcleo civil de la invasión y la posterior política de exterminio y esclavitud.
La defensa del acusado se ha basado en una distinción constante entre sus escritos teóricos, que calificó de “opiniones personales”, y la aplicación práctica de las políticas del régimen. En un momento particularmente agudo del interrogatorio, Rosenberg ha intentado explicar que su libro “El Mito del Siglo XX” era una obra de reflexión individual y no un manual de acción política. Pero el fiscal le ha recordado que sus ideas sobre la “pureza racial” y la necesidad de un “espacio vital” en el Este fueron la base intelectual que justificó el asesinato de millones de personas.
“¿Sabía usted que el líder de las SS, Heinrich Himmler, era un lector asiduo de sus obras?” , le espetó el fiscal, a lo que Rosenberg respondió con un seco “No lo sé”.
Uno de los momentos más reveladores de la jornada ha sido el interrogatorio sobre el destino de los judíos europeos. Rosenberg ha admitido que en un discurso de 1938 sugirió que los judíos debían abandonar Europa, pero ha negado rotundamente haber utilizado la palabra “exterminio” en el sentido de asesinato masivo. La fiscalía ha presentado entonces un memorándum de una reunión con Hitler en diciembre de 1941, donde se discutía un discurso que Rosenberg iba a pronunciar en el Sportpalast de Berlín.
El documento contenía la palabra “ausrottung” (exterminio). Rosenberg ha intentado argumentar que la palabra podía tener múltiples significados, desde la erradicación de una idea hasta la de un grupo de personas, una defensa que ha provocado la incredulidad de los jueces y ha sido calificada por los observadores como un intento desesperado de manipulación semántica.
El interrogatorio ha sacado a la luz también la maquinaria del expolio cultural. Rosenberg ha confirmado que fue él quien sugirió a Hitler la creación de la llamada “Einsatzstab Reichsleiter Rosenberg” (ERR), una organización que saqueó sistemáticamente los museos, bibliotecas y hogares judíos de toda Europa. El acusado ha intentado justificar estas acciones como una medida de “protección” de los tesoros culturales ante el caos de la guerra, pero la fiscalía ha presentado informes que demuestran que miles de obras de arte, incluyendo piezas maestras de los museos franceses, fueron transportadas a Alemania para la colección personal de Hermann Göring y para el futuro museo del Führer en Linz.
“¿Cómo puede llamar a eso protección?” , preguntó el fiscal francés, mostrando un inventario de obras confiscadas en París. “Es robo, señor Rosenberg, robo a gran escala”.
La cuestión de los trabajos forzados ha sido otro de los ejes centrales de la acusación. Rosenberg, como Ministro para los Territorios Ocupados del Este, fue responsable de la política de reclutamiento de cientos de miles de civiles soviéticos para trabajar en las fábricas de armamento alemanas. Ha admitido que, aunque inicialmente prefirió el voluntariado, cuando las reservas de mano de obra se agotaron, se utilizó la coerción y la fuerza para deportar a hombres, mujeres y niños a Alemania.
“Acepto la responsabilidad de estas leyes que promulgué”, declaró, aunque matizó que los “excesos” fueron cometidos por otros. La fiscalía ha rebatido esta afirmación presentando órdenes firmadas por su ministerio que autorizaban el uso de la gendarmería y de las autoridades locales para “facilitar” el reclutamiento, una orden que, en la práctica, se traducía en redadas brutales en aldeas y ciudades.
Quizás el momento más tenso de la jornada ha llegado cuando el fiscal soviético ha confrontado a Rosenberg con su conocimiento directo de las masacres. El acusado ha admitido que recibió informes sobre el fusilamiento de ciudadanos soviéticos en el distrito de Sumy, en 1943, y que se quejó a Himmler y a Hitler. Sin embargo, ha insistido en que su protesta se debía a que los ejecutados eran necesarios para la producción agrícola, no por una objeción moral al asesinato en sí.
“Informé al jefe de la policía alemana y tuve que esperar a ver qué hacía él como responsable de los dispositivos de seguridad en Ucrania”, ha declarado, revelando una frialdad burocrática que ha dejado atónitos a los presentes. La acusación ha señalado que esta queja no era un acto de humanidad, sino un conflicto de competencias entre dos ministerios por el control de los recursos humanos.
La defensa de Rosenberg se ha derrumbado aún más al ser preguntado por su relación con Vidkun Quisling, el líder fascista noruego. Ha admitido que se reunió con él en junio de 1939 y que transmitió a Hitler sus temores sobre una posible invasión aliada de Noruega, así como su plan para un golpe de estado. “Consideré que era mi deber transmitir al Führer informes que, de ser ciertos, constituían una tremenda amenaza militar para Alemania”, ha justificado.
La fiscalía ha señalado que esta colaboración fue un paso decisivo en la preparación de la invasión alemana de Noruega, que tuvo lugar en abril de 1940, y que Rosenberg no fue un simple mensajero, sino un actor clave en la subversión de un país neutral.
El interrogatorio ha concluido con una pregunta directa sobre el poder absoluto de Hitler. Rosenberg ha admitido que sirvió “fielmente” al Führer y que, aunque en sus escritos había propuesto la creación de un “Senado” o “Orden” que limitara el poder del líder, nunca hizo nada concreto para oponerse a su dictadura. “No veía a Adolf Hitler como un tirano, sino que, como muchos millones de nacionalsocialistas, confiaba en él personalmente”, ha declarado, una afirmación que ha resonado en la sala como una condena de su propia complicidad.
La fiscalía ha subrayado que esta lealtad incondicional fue precisamente el motor que permitió que las políticas criminales se llevaran a cabo sin oposición interna.
Los observadores legales presentes en la sala coinciden en que el testimonio de Rosenberg ha sido devastador para su propia defensa. Lejos de parecer un teórico distante, ha emergido como un burócrata eficiente y despiadado que, desde su despacho, supervisó la implementación de políticas que causaron la muerte y el sufrimiento de millones de personas. Su intento de presentarse como una víctima de las circunstancias ha chocado con la evidencia documental que lo sitúa en el centro de la toma de decisiones.
El tribunal ha escuchado con atención sus respuestas, pero los jueces han mostrado en repetidas ocasiones su escepticismo ante las evasivas y las interpretaciones forzadas de los términos.
El juicio contra Alfred Rosenberg, que comenzó el 20 de noviembre de 1945, es uno de los procesos más importantes contra los principales criminales de guerra nazis. Rosenberg, que fue uno de los primeros miembros del partido y autor de la doctrina racial que justificó el Holocausto, se enfrenta a cargos de crímenes contra la paz, crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad. La fiscalía ha argumentado que su influencia ideológica fue fundamental para la radicalización del régimen y que su ministerio en el Este fue una maquinaria de explotación y genocidio.
La defensa, por su parte, ha intentado minimizar su papel, presentándolo como un intelectual marginado por otros líderes más poderosos como Himmler o Bormann.
La sesión de hoy ha sido particularmente dura para el acusado, que ha tenido que enfrentarse a las consecuencias concretas de sus políticas. Al ser preguntado por el destino de los trabajadores forzados, ha admitido que “ocurrieron cosas terribles”, pero ha insistido en que hizo todo lo posible por mitigar los excesos. La fiscalía ha respondido presentando testimonios de supervivientes que describen condiciones de esclavitud, hambre y muerte en los campos de trabajo.
La imagen de Rosenberg como un hombre que se preocupaba por el bienestar de los trabajadores ha quedado completamente desacreditada ante la evidencia de que su ministerio fue responsable de la deportación de más de tres millones de personas, de las cuales cientos de miles murieron de hambre, enfermedad o agotamiento.
El interrogatorio también ha revelado la profunda rivalidad y las luchas internas dentro de la cúpula nazi. Rosenberg ha hablado de su enemistad con Martin Bormann, el jefe de la Cancillería del Partido, a quien ha acusado de socavar su autoridad y de ser más radical en las políticas eclesiásticas y orientales. Esta revelación ha sido utilizada por la defensa para argumentar que Rosenberg no tenía poder real, pero la fiscalía ha contraatacado señalando que, a pesar de estas disputas, Rosenberg nunca se opuso a las políticas criminales fundamentales y que su ministerio continuó funcionando hasta el final de la guerra, implementando las directivas que emanaban de la cúpula.
La jornada de hoy ha sido un duro golpe para la defensa de Rosenberg. El acusado, que ha intentado mantener una actitud de superioridad intelectual, ha sido reducido a la posición de un burócrata que firmó órdenes que llevaron a la muerte a millones de personas. El tribunal ha escuchado con paciencia sus largas disertaciones históricas y filosóficas, pero ha dejado claro que el juicio no se centra en sus ideas, sino en sus acciones.
La pregunta que flota en el aire es si el tribunal considerará que su papel como ideólogo y ministro lo hace cómplice de los crímenes más atroces de la historia. La respuesta podría llegar en las próximas semanas, cuando se dicte el veredicto. Mientras tanto, la imagen de Alfred Rosenberg, el “filósofo del Tercer Reich”, ha quedado grabada en la memoria de los presentes como la de un hombre que, escondido tras sus libros y sus teorías, fue uno de los arquitectos del infierno.


