El 7 de diciembre de 1941, una fecha que quedará grabada a fuego en la memoria colectiva de Estados Unidos, la Armada Imperial Japonesa ejecutó un ataque aéreo sorpresa contra la base naval de Pearl Harbor, en el archipiélago de Hawái, desatando una oleada de destrucción que cambiaría el curso de la Segunda Guerra Mundial y empujaría a la nación norteamericana a un conflicto global del que hasta entonces se había mantenido al margen.
El ataque, lanzado desde seis portaaviones japoneses que navegaban en secreto a través del remoto Pacífico Norte, fue una operación meticulosamente planificada para neutralizar a la Flota del Pacífico de Estados Unidos, que yacía anclada en la laguna de Pearl Harbor, completamente desprevenida. Miles de soldados perdieron la vida, y numerosos acorazados y naves de guerra fueron destruidos o gravemente dañados en lo que el presidente Franklin D. Roosevelt calificaría como “el día de la infamia”.
Para entender las razones detrás de este acto de guerra, es necesario remontarse al siglo XIX, cuando Japón, tras la Revolución Meiji, se transformó de una sociedad feudal a una potencia industrial y militar moderna. Este proceso acelerado lo convirtió en la nación más avanzada de Asia y despertó en sus líderes una ambición expansionista que se manifestó en victorias sobre China en 1895 y sobre el Imperio Ruso en 1905, asegurando el control de Taiwán, el sur de Sajalín y la estratégica base de Port Arthur.
En 1910, Japón anexó Corea, y durante la Primera Guerra Mundial, aprovechó el conflicto para ocupar territorios alemanes en el Pacífico, obteniendo el control de las islas Marianas, Carolinas, Marshall y Palaos. Sin embargo, este crecimiento desbordado generó fricciones con Estados Unidos, que veía amenazados sus intereses estratégicos y comerciales en la región. Aunque el Tratado Naval de Washington de 1922 intentó calmar las tensiones, la invasión japonesa de Manchuria en 1931 marcó un punto de inflexión.
Bajo el gobierno del emperador Hirohito, Japón adoptó una política cada vez más agresiva, y el estallido de la Segunda Guerra Sino-Japonesa en 1937 intensificó la rivalidad con Washington. Estados Unidos, que desde el final de la Primera Guerra Mundial había adoptado una postura de aislamiento, se vio forzado a reaccionar ante el avance japonés sobre China, un aliado clave en Asia. La administración de Roosevelt comenzó a brindar apoyo financiero y militar al gobierno nacionalista de Chiang Kai-shek.
La firma del Pacto Tripartito entre Japón, Alemania e Italia en 1940 formalizó la creación del Eje y posicionó a Japón como un actor estratégico en el Pacífico, en abierta competencia con Estados Unidos. La ocupación japonesa de la Indochina francesa en julio de 1941, facilitada por el régimen de Vichy, fue la gota que colmó el vaso. Washington respondió congelando los activos japoneses e imponiendo un embargo conjunto de petróleo y materias primas vitales, junto con el Reino Unido y los Países Bajos.
Este embargo fue un golpe letal para Japón, que dependía casi por completo de las importaciones de petróleo para sostener su economía y sus operaciones militares en China. Con apenas reservas de crudo para entre 12 y 18 meses, el gobierno japonés se encontró en una encrucijada. Las negociaciones diplomáticas se intensificaron, pero las exigencias de Estados Unidos de retirar las tropas de China e Indochina y romper la alianza con el Eje fueron consideradas inaceptables en Tokio.
La dimisión del primer ministro Fumimaro Konoe en octubre de 1941 y su reemplazo por el general Hideki Tojo, un militar de línea dura, selló el destino. Tojo persuadió al emperador y al gabinete de que la única vía para evitar el colapso del imperio era obtener por la fuerza los recursos que Occidente les había negado. El plan consistía en lanzar una ofensiva contra los yacimientos de las Indias Orientales Neerlandesas, pero para ello era necesario neutralizar primero a la Flota del Pacífico estadounidense.
El almirante Isoroku Yamamoto, comandante de la flota combinada japonesa, aunque inicialmente contrario a la guerra con Estados Unidos, fue el arquitecto del plan de ataque sorpresa. Inspirado en el bombardeo británico sobre el puerto italiano de Tarento en 1940, Yamamoto diseñó una operación audaz que implicaba el lanzamiento de aviones desde portaaviones para destruir los acorazados y portaaviones enemigos en Pearl Harbor.
La planificación fue meticulosa. Se realizaron simulaciones estratégicas en el Colegio Imperial Naval de Tokio, y se eligió una ruta sigilosa a través del gélido Pacífico Norte para evitar la detección. Los pilotos fueron entrenados exhaustivamente para lanzar torpedos a baja altitud y velocidad, adaptándolos con aletas de madera para que no se hundieran demasiado en las aguas poco profundas del puerto.
La fuerza de ataque reunió 36 buques, incluyendo seis portaaviones, y 423 aviones de combate.
El 26 de noviembre de 1941, justo después del colapso de las negociaciones diplomáticas en Washington, la flota japonesa partió desde las islas Kuriles. Durante 13 días, navegó en completo silencio de radio, oculta por densas nubes, hasta posicionarse al norte de Hawái. Mientras tanto, en Oahu, la vida transcurría con normalidad.
Los residentes de Honolulu disfrutaban de un sábado por la noche tranquilo, sin saber que estaban a horas de un ataque que cambiaría la historia.
A las 6 de la mañana del 7 de diciembre, comenzó el despegue de la primera oleada de 214 aviones japoneses. A las 7:55, la señal “Tora, Tora, Tora” confirmó que el factor sorpresa se había logrado. Las bombas y torpedos comenzaron a impactar sobre la flota estadounidense.
El acorazado USS Oklahoma fue volteado por cinco torpedos, el USS Arizona explotó tras ser alcanzado en su santabárbara, y el USS California se hundió en llamas. Los aeródromos de la isla fueron arrasados, con aviones destruidos en tierra.
La defensa estadounidense fue casi inexistente. Los radares habían detectado la formación enemiga, pero un teniente minimizó el reporte, creyendo que se trataba de bombarderos B17 amigos. Las baterías antiaéreas estaban cubiertas o sin munición.
En medio del caos, actos de valentía como el del cocinero Doris Miller, que derribó dos aviones enemigos con una ametralladora, no pudieron evitar la masacre.
A las 10:40 de la mañana, la segunda oleada japonesa se retiró. El vicealmirante Chuichi Nagumo rechazó lanzar una tercera ofensiva para destruir los tanques de combustible, una decisión que a la larga resultaría crucial para la recuperación estadounidense. El balance fue devastador: 2,403 muertos, 1,247 heridos, 11 embarcaciones hundidas o destruidas y 191 aviones inutilizados.
Japón perdió solo 29 aviones y 65 hombres.
Al día siguiente, el 8 de diciembre de 1941, el presidente Roosevelt se dirigió al Congreso y solicitó la declaración de guerra contra Japón. Cuatro días después, Alemania e Italia declararon la guerra a Estados Unidos, globalizando el conflicto. El almirante Yamamoto, con una visión profética, advirtió: “Temo que hemos despertado a un gigante dormido”.
El ataque a Pearl Harbor no solo unió a la nación estadounidense, sino que marcó el comienzo del fin del Imperio Japonés y transformó la Segunda Guerra Mundial en una guerra verdaderamente planetaria.


