El día 22 de junio de 1941, cuando la Operación Barbarroja sacudió los cimientos de Europa, España dio un paso que marcaría su historia militar para siempre. A pesar de su declarada neutralidad, el régimen de Francisco Franco autorizó la creación de una unidad de voluntarios para luchar junto a la Alemania nazi contra la Unión Soviética. Así nació la División Azul, una fuerza de élite compuesta por miles de españoles que, entre 1941 y 1943, protagonizó algunas de las acciones más épicas y heroicas del Frente Oriental.
El llamamiento a filas fue fulminante. El 24 de junio de 1941, el ministro de Asuntos Exteriores, Ramón Serrano Suñer, arengó desde el balcón de la Secretaría General del Movimiento en la madrileña calle de Alcalá: “Rusia es culpable. Culpable de nuestra guerra civil, culpable de la muerte de José Antonio”.
En cuestión de horas, más de 600. 000 voluntarios se presentaron en las oficinas de reclutamiento, superando con creces los 20. 000 previstos.
Franco, sin embargo, limitó la cifra para evitar tensiones diplomáticas con Londres y Berlín.
Finalmente, 19. 000 hombres fueron seleccionados para formar la División Española de Voluntarios, conocida como la División Azul. Bajo el mando del general Agustín Muñoz Grandes, veterano de la guerra de África, los reclutas comenzaron un intenso entrenamiento en el polígono militar de Grafenwöhr, en Alemania.
Allí, el 31 de julio de 1941, juraron lealtad tanto a Adolf Hitler como a Francisco Franco, un gesto que selló su compromiso con la causa anticomunista.
La unidad, integrada como la 250. ª División de Infantería del ejército alemán, fue desplegada en el sector de Nóvgorod, cerca de Leningrado. El primer enfrentamiento oficial tuvo lugar el 12 de octubre de 1941, cuando el segundo batallón del regimiento 269 emboscó a un destacamento soviético, causando 130 bajas.
A partir de ahí, los españoles demostraron una resistencia y un valor que sorprendió incluso a los mandos alemanes.
El invierno de 1941-1942 fue el más duro. Con temperaturas que descendían a -50 °C, los soldados españoles soportaron condiciones extremas. La compañía de esquiadores, formada por 206 combatientes, cruzó el lago Ilmen para liberar a una guarnición alemana cercada en Vsvad.
De ellos, 102 murieron congelados, pero lograron romper el cerco. La hazaña quedó grabada en la memoria de la guerra.
En febrero de 1943, la División Azul libró su batalla más legendaria: Krasny Bor. Allí, 5. 600 españoles resistieron el ataque de 44.
000 soldados soviéticos apoyados por 117 tanques. A pesar de sufrir 2. 800 bajas, los divisionarios infligieron más de 10.
000 pérdidas al enemigo, frustrando la Operación Estrella Polar del general Zhúkov. La BBC de Londres llegó a anunciar la aniquilación de la unidad, pero los hechos demostraron lo contrario.
El reconocimiento alemán fue unánime. “Si encuentras a un soldado mal afeitado, con las botas rotas y la guerrera desabrochada, hazle un saludo. Es un héroe.
Es español”, se decía entre las filas germanas. La División Azul recibió 150 Cruces de Hierro de primera clase, 2. 500 de segunda, y dos Cruces de Caballero para los generales Muñoz Grandes y Esteban Infantes.
Solo ocho extranjeros recibieron la Cruz de Caballero con Hojas de Roble; uno de ellos fue español.
Tras la batalla de Krasny Bor, la presión aliada sobre España aumentó. En octubre de 1943, Franco ordenó la retirada oficial de la División Azul, pero unos 2. 000 voluntarios decidieron quedarse y formaron la Legión Azul, que continuó combatiendo hasta marzo de 1944.
Finalmente, España declaró su neutralidad y prohibió nuevas participaciones.
El balance humano fue devastador: de los 45. 245 efectivos que sirvieron en la División Azul, 21. 289 sufrieron bajas, incluyendo 5.
000 muertos. Cerca de 500 prisioneros fueron enviados a gulags soviéticos; 130 murieron en cautiverio. No fue hasta 1954, tras la muerte de Stalin, que 229 supervivientes regresaron a bordo del barco Semiramis, atracando en Barcelona el 2 de abril de ese año.
La División Azul no solo combatió con bravura, sino que se distinguió por su comportamiento ejemplar con la población civil, evitando crímenes de guerra. Este hecho, reconocido incluso por sus enemigos, elevó su prestigio. Hoy, su legado perdura en monumentos, museos y en la memoria de una España que, pese a su neutralidad oficial, se lanzó a una de las gestas más heroicas del siglo XX.


