MANCHURIA 1945: Cómo la URSS Aniquiló a Japón en 11 Días

MANCHURIA 1945: Cómo la URSS Aniquiló a Japón en 11 Días

MANCHURIA 1945: LA OPERACIÓN QUE DESMONTÓ EL IMPERIO JAPONÉS EN ONCE DÍAS

El 9 de agosto de 1945, a un minuto después de la medianoche, hora de Transbaicalia, más de un millón y medio de soldados soviéticos cruzaron simultáneamente tres fronteras distintas hacia Manchuria, iniciando la operación Tormenta de Agosto, la campaña militar que en menos de dos semanas aniquiló al ejército de Kwantung, la formación más prestigiosa del Imperio Japonés en el continente asiático.

Manchuria, ese territorio de 1,5 millones de kilómetros cuadrados encajado entre Siberia al norte, Corea al sur, Mongolia al oeste y el Pacífico soviético al este, era en 1945 el corazón del poder militar japonés en Asia. Allí operaba el ejército de Kwantung, responsable de cuatro estados satélite y con más de 700. 000 soldados desplegados.

Era la última gran reserva estratégica de Japón fuera de las islas de origen.

Lo que los japoneses no podían saber del todo era que los soviéticos llevaban meses preparando en secreto una de las mayores concentraciones de fuerza de la historia militar moderna. Desde marzo de 1945, entre 20 y 30 trenes diarios habían circulado hacia el este por el ferrocarril transiberiano. Divisiones enteras con experiencia en los Cárpatos, en los pantanos de Bielorrusia, en las calles de Budapest y Berlín, fueron desplazadas hacia el Lejano Oriente en silencio absoluto, moviéndose de noche hacia sus posiciones de asalto, exactamente como Alemania había hecho en 1941 antes de caer sobre la propia Unión Soviética.

En 11 días, el ejército de Kwantung dejó de existir como fuerza operativa. Lo que tomó a Japón 14 años construir en Asia continental fue destruido en menos de dos semanas. El primer enfrentamiento armado entre Rusia y Japón en el siglo XX no ocurrió en 1945, sino en julio de 1938 en una franja de terreno accidentado cerca del lago Jasán, donde la frontera entre Manchuria, Corea y la Unión Soviética era deliberadamente ambigua.

Los japoneses la llamaron el incidente de Changkufeng, los rusos la batalla del lago Jasán.

El detonante inmediato fue la deserción de un alto oficial soviético que entregó al ejército de Kwantung información de inteligencia detallada sobre las posiciones fronterizas rusas, incluyendo ubicaciones de depósitos, efectivos y rutas de patrulla. Armados con esos datos y sin esperar autorización formal del gobierno en Tokio, algo que se volvería un patrón recurrente, los comandantes locales japoneses lanzaron un ataque nocturno con menos de 2.000 hombres que en pocas horas abrumó a los defensores soviéticos.

La victoria pareció rápida y limpia. El ejército de Kwantung creyó que el asunto estaba resuelto. No fue así.

El general Grigori Stern movilizó su 49º Cuerpo del Ejército Bandera Roja del Lejano Oriente y en los días siguientes, contraataques soviéticos sistemáticos y en aumento numérico expulsaron a los japoneses de sus posiciones con pérdidas significativas en ambos bandos. La diplomacia eventualmente resolvió la disputa, pero el ejército de Kwantung recibió una advertencia que no supo interpretar correctamente. Los rusos respondían, respondían con fuerza y no se intimidaban.

La mala opinión japonesa sobre la destreza militar rusa tenía raíces históricas concretas. En la guerra de 1904 a 1905, el imperio ruso había sufrido derrotas humillantes en tierra y en mar, culminando con la destrucción casi total de su flota del Báltico en el estrecho de Tsushima a manos del almirante Togo Heihachiro. Esa victoria había elevado a Japón al rango de potencia mundial reconocida y había grabado en la psique militar nipona la convicción de que Rusia era un coloso con pies de barro.

Cuando las purgas estalinistas de 1937 a 1938 ejecutaron a decenas de miles de oficiales soviéticos, incluyendo al mariscal Mijaíl Tujachevski, el arquitecto de la doctrina de operaciones profundas, los analistas del ejército de Kwantung interpretaron aquello como confirmación de su prejuicio. El Ejército Rojo estaba decapitado, desorganizado y era fundamentalmente inferior. La siguiente escalada desafió ese prejuicio de manera mucho más brutal.

El 11 de mayo de 1939, choques repetidos entre unidades de guardia fronteriza cerca de Nomonhan, en la frontera entre Mongolia Exterior y Manchuria, a lo largo del río Jaljin Gol, se convirtieron en guerra abierta. Ambos lados reforzaron sus posiciones. Pero mientras Japón enviaba sus divisiones de infantería a un combate lineal que conocían bien, Stalin reaccionó de una manera diferente.

Envió a un general que aún no era famoso en Occidente, Georgi Konstantinovich Zhukov, con órdenes de resolver el problema de forma contundente y definitiva.

Zhukov tenía 42 años, era ambicioso, metódico y carecía completamente de paciencia para los compromisos a medias. Organizó en Nomonhan lo que sería un prototipo de aniquilamiento. Concentró en secreto fuerzas blindadas, artillería pesada y aviación durante varias semanas, ocultando la acumulación de recursos tras una serie de movimientos de distracción y restricciones de comunicación que mantuvieron a los japoneses ignorantes del volumen real de la preparación soviética.

El 20 de agosto de 1939, un domingo, Zhukov lanzó simultáneamente golpes sobre ambos flancos de la posición japonesa con su sexta y séptima divisiones blindadas, envolviendo al 23º Cuerpo japonés del general Michitaro Komatsubara en una tenaza antes de que este pudiera reorganizarse o retirarse. La maniobra era de una precisión que ningún ejército había ejecutado con blindados a esa escala hasta entonces. Los japoneses la llamaron una trampa.

En realidad era el resultado de meses de preparación meticulosa.

Las batallas se prolongaron hasta finales de agosto de 1939. Cuando el polvo se asentó, los japoneses habían perdido entre 18. 000 y 23.

000 bajas y no habían ganado un centímetro de territorio. Fue la primera gran derrota terrestre del ejército imperial japonés moderno. Las cifras exactas nunca fueron publicadas honestamente por el alto mando japonés, que clasificó los reportes detallados y minimizó las pérdidas en los comunicados internos.

La cultura institucional del ejército japonés penalizaba la admisión de fracasos y así la advertencia fue archivada.

El impacto estratégico de Nomonhan fue, sin embargo, significativo, aunque parcial. El ejército de Kwantung cambió sus planes ante una posible invasión del este de Rusia, adoptando una postura más cautelosa en la frontera. Pero en lugar de producir una revisión fundamental de la estimación de capacidades soviéticas, la derrota fue racionalizada.

La ventaja rusa había sido principalmente de material, de tanques y aviones enviados en masa, no de calidad humana ni de liderazgo. Si en algún momento futuro el ejército japonés enfrentaba a los soviéticos con un despliegue adecuado y tiempo suficiente para prepararse, el resultado sería diferente. Era una conclusión cómoda y profundamente equivocada.

En abril de 1941, Japón y la Unión Soviética firmaron un pacto de neutralidad con vigencia de cinco años. Fue una decisión táctica de ambas partes. Japón necesitaba su flanco norte estabilizado para lanzarse hacia el sur, hacia las colonias holandesas, los territorios británicos de Malaya y Singapur y los territorios estadounidenses del Pacífico.

Stalin, a su vez, necesitaba desactivar cualquier amenaza oriental mientras reorganizaba sus fuerzas contra Alemania, cuya intención de atacar ya era un secreto a voces en los círculos de inteligencia soviéticos. Ambas partes firmaron el pacto sabiendo que era temporal. Ninguna lo consideró una garantía de paz permanente.

Cuando la Alemania nazi lanzó la operación Barbarroja el 22 de junio de 1941 atacando a la Unión Soviética con 153 divisiones a lo largo de un frente de 3. 000 kilómetros, Tokio enfrentó una decisión estratégica fundamental: atacar hacia el norte, contra la Unión Soviética vulnerable, o continuar la expansión hacia el sur. Los debates internos del verano de 1941 mostraron a un ejército japonés dividido entre ambas opciones.

El argumento a favor del norte era la oportunidad única de eliminar la amenaza soviética mientras el Ejército Rojo estaba en crisis. El argumento a favor del sur era más inmediato. Petróleo, caucho, estaño, las materias primas que Japón no tenía y que las colonias del sudeste asiático poseían en abundancia.

Japón eligió el sur. El 7 de diciembre de 1941 atacó Pearl Harbor, Filipinas, la isla Wake, Hong Kong y los archipiélagos coloniales de Holanda y Francia en el Pacífico. La decisión de no atacar a la Unión Soviética en el verano de 1941, cuando Moscú estaba bajo amenaza directa y el Ejército Rojo perdía decenas de divisiones al mes, fue quizás el error estratégico más costoso que Japón cometió en toda la guerra.

Privó a Alemania de una posible presión coordinada desde el este, precisamente cuando más la necesitaba, y dejó intacta la capacidad soviética de reorganizarse y contraatacar.

Entre 1941 y 1944, mientras el ejército imperial japonés combatía en Nueva Guinea, en las Filipinas, en el Pacífico central y en Birmania, el ejército de Kwantung fue gradualmente vaciado de su contenido real. Las peticiones del teatro del Pacífico tenían prioridad. Cuatro divisiones regulares de combate fueron enviadas a las islas del Interior, Filipinas y el Pacífico Central, llevándose con ellas no solo la masa humana, sino también el equipamiento pesado, los vehículos de transporte y los suministros de munición acumulados durante años.

En su lugar llegaron reservistas sin entrenamiento de combate real y nuevas divisiones formadas apresuradamente desde las guarniciones fronterizas. Las divisiones numeradas del 121 al 128 y del 134 al 149 formadas con hombres cuya preparación militar había sido diseñada para operaciones de contrainsurgencia y mantenimiento del orden, no para guerra convencional de alta intensidad contra un ejército moderno. La situación logística era igualmente crítica.

Las reservas de munición disponibles para el ejército de Kwantung en agosto de 1945 eran suficientes para cubrir las necesidades de solo 13 divisiones durante tres meses. En Manchuria había 24 divisiones operativas.

Si se iniciaba una guerra de alta intensidad, la mayoría de las unidades quedarían sin suministros antes de que cualquier refuerzo o reabastecimiento pudiera llegar desde Japón, separado del continente por un mar sobre el que la Marina Imperial había perdido progresivamente el control desde las batallas de Midway y el mar de Coral. La trampa diplomática que completaría el cerco estratégico de Japón se cerró en Yalta en febrero de 1945. En aquella conferencia en Crimea entre Franklin D.

Roosevelt, Winston Churchill y Joseph Stalin, el líder soviético aceptó formalmente entrar en la guerra contra Japón no más de tres meses después de la rendición de Alemania, a cambio de concesiones territoriales precisas y negociadas.

La recuperación de los territorios del sur de Sajalín y las islas Kuriles perdidos en 1905. Derechos de arrendamiento sobre los puertos de Port Arthur y Dalián en la península de Liaotung. Participación en la administración del ferrocarril chino Chang Chun, que unía Manchuria con esos puertos.

Y el reconocimiento soviético de la zona de influencia en el norte de Corea. Era un negocio frío, redactado en términos precisos y Roosevelt lo firmó sin informar de los detalles a Chiang Kai-shek, cuyos territorios estaban siendo repartidos entre otros.

Alemania se rindió el 9 de mayo de 1945. El plazo acordado en Yalta vencía exactamente tres meses después, el 9 de agosto. La fecha no era una coincidencia ni una metáfora, era un contrato con fecha de entrega.

Lo que Tokio no supo en ningún momento durante esos meses fue la magnitud real de lo que se estaba preparando al otro lado de la frontera. Las estimaciones de inteligencia japonesas seguían calculando que un ataque soviético no sería posible antes de finales de agosto, porque los movimientos de tropas observados en el ferrocarril transiberiano indicaban que el grueso de las fuerzas llegaría a sus posiciones a finales de ese mes.

Lo que los japoneses ignoraban era que docenas de divisiones habían cruzado Siberia por carretera en sus propios vehículos, precisamente para no sobrecargar la línea ferroviaria y no aparecer en los registros de tráfico que los agentes japoneses monitoreaban con atención. Era el mismo principio de engaño y desinformación que los soviéticos habían aprendido de los alemanes y que ahora aplicaban con maestría propia. Desde marzo de 1945, mientras las batallas de Berlín, Dresde y el río Óder consumían la atención del mundo, algo igualmente masivo ocurría en silencio al otro extremo del continente euroasiático.

El mariscal Alexander Mijailovich Vasilevski, de 50 años, había recibido la misión más grande de su carrera, organizar y comandar la mayor operación ofensiva que la Unión Soviética jamás había ejecutado en el teatro asiático. Vasilevski no era un general improvisado. Veterano del Estado Mayor soviético desde 1940, había sido el artífice operacional de la batalla de Stalingrado, donde coordinó el diseño de la operación Urano.

Había supervisado la planificación en Kursk como representante personal de Stalin. Había participado en las operaciones de Bielorrusia y Prusia Oriental. Era, en todos los sentidos prácticos, el cerebro detrás de la victoria soviética en Europa.

Stalin lo enviaba a donde los problemas más complejos exigían las soluciones más precisas.

El ferrocarril transiberiano se convirtió en la arteria de la operación. Entre 20 y 30 trenes diarios circulaban hacia el este, cargados de hombres, tanques, artillería, combustible y municiones. Las unidades que llegaban no fueron elegidas al azar.

El quinto ejército de infantería tenía experiencia en terreno pantanoso de los frentes occidentales. El 39º ejército había combatido en los Cárpatos, una preparación indirecta para las montañas del Gran Khingan que encontrarían en Manchuria. El sexto ejército de tanques de la guardia bajo el mando del coronel general Kravchenko era una de las formaciones blindadas más experimentadas del mundo, probada en las estepas de Ucrania y en las calles de Budapest.

Para agosto de 1945, la fuerza soviética en el Lejano Oriente se había duplicado respecto a sus niveles anteriores. De 40 divisiones había pasado a 80 con unidades de apoyo masivas. El total alcanzaba 1.

577. 225 hombres, 5. 556 tanques y cañones autopropulsados, 26.

137 piezas de artillería y 5. 368 aeronaves. Era una fuerza que en potencia de fuego y movilidad superaba a todo lo que el ejército de Kwantung podía oponer.

La estructura de mando era simple en su esquema, pero compleja en su coordinación. Vasilevski controlaba tres frentes, el equivalente soviético de grupos de ejércitos.

El primero era el Frente Transbaikal al mando del mariscal Rodion Yakovlevich Malinovski con 640. 040 hombres organizados en 30 divisiones de fusileros, cinco divisiones de caballería, dos divisiones de tanques, diez brigadas de tanques y ocho brigadas mecanizadas. Malinovski había comandado frentes en las batallas de Odesa, Budapest y Viena.

Conocía bien la guerra de movimiento. El segundo era el Primer Frente del Lejano Oriente, al mando del mariscal Kiril Meretskov, de 48 años, con 586. 589 hombres divididos en 31 divisiones de fusileros y múltiples brigadas de tanques.

Meretskov atacaría desde las cercanías de Vladivostok hacia el oeste en dirección a Harbin. El tercero, el Segundo Frente del Lejano Oriente del general M. Purkayev con 337.

096 hombres ejercería presión desde el norte a lo largo de los ríos Amur y Ussuri.

Lo que hacía este despliegue particularmente notable era su invisibilidad deliberada. Las tropas se concentraron en zonas de retaguardia fuera del alcance visual de los guardias fronterizos japoneses. Los movimientos finales hacia las posiciones de asalto se realizaron de noche con apagón de comunicaciones y restricciones de movimiento diurno.

Era exactamente la metodología que la Wehrmacht había empleado en junio de 1941 antes de lanzar la operación Barbarroja contra la propia Unión Soviética. Los soviéticos habían aprendido del golpe que les habían dado y lo replicaban ahora con precisión quirúrgica.

Los servicios de inteligencia japoneses no estaban ciegos. Los correos diplomáticos que usaban el transiberiano reportaban movimientos masivos de tropas y equipos. Se observó el retiro inusual de diplomáticos soviéticos y sus familias de Japón.

Y en abril de 1945, Moscú había informado formalmente a Tokio que no renovaría el pacto de neutralidad al que todavía le quedaba un año de vigencia. Pero los analistas japoneses estimaron que cualquier ofensiva soviética no podría comenzar antes del otoño cuando las condiciones logísticas en Siberia fueran más favorables. Como señaló un historiador, los japoneses esperaban que los soviéticos adoptaran una política de esperar a que cayera el kaki maduro en lugar de sacudir el árbol.

El árbol ya estaba siendo sacudido desde hacía meses, solo que nadie en Tokio quería escuchar el crujido de las ramas.

Sobre el papel, el ejército de Kwantung en agosto de 1945 seguía siendo una fuerza formidable. Su comandante, el general Otozo Yamada, con cuartel general en Shinkyo, la capital del estado títere de Manchukuo, hoy Changchun, tenía bajo su mando un aparato militar que en documentos oficiales sumaba más de 700. 000 soldados propios más los ejércitos títeres de Manchukuo, con 200.

000 hombres organizados en ocho divisiones débilmente equipadas y los de Mengjiang con 44. 000 adicionales. En total, incluyendo las fuerzas en Corea, algunas fuentes elevan la cifra al entorno del millón de efectivos en el teatro de operaciones.

Los números mentían.

El Primer Ejército del Área, bajo el mando del general Kita Seiichi cubría Manchuria Oriental con 222. 157 soldados distribuidos en el Tercer Ejército y el Quinto Ejército, cada uno con tres divisiones de infantería, más cuatro divisiones adicionales y una brigada mixta independiente bajo mando directo de Seiichi. El Tercer Ejército del Área del general Ushiroku Jun, responsable del centro y oeste de Manchuria, sumaba 180.

971 hombres. Incluía al 30º Ejército con cuatro divisiones de infantería, una brigada mixta independiente y una brigada de tanques y al 44º Ejército con tres divisiones de infantería, una brigada mixta independiente y otra brigada de tanques, más una división adicional y dos brigadas mixtas directamente bajo Jun. El Cuarto Ejército Independiente del teniente general Mikio Kunita cubría el centro norte con 95.

464 soldados. En reserva directa del alto mando quedaba la 125ª División de Infantería.

Las divisiones japonesas individuales eran en promedio más grandes que sus contrapartes soviéticas con entre 12. 000 y 16. 000 hombres frente a los 10.

000 a 12. 000 de los soviéticos. Pero en casi todas las otras dimensiones del combate moderno, la inferioridad era aplastante.

Los blindados japoneses eran tecnológicamente obsoletos, incluso frente a los tanques soviéticos que habían quedado anticuados en el frente occidental para 1941. Los principales vehículos blindados japoneses en Manchuria, los Type 94, Type 97 Chi-Ha y Type 95 Ha-Go portaban cañones de 37 mm y 47 mm, cuyo proyectil antitanque rebotaba inofensivamente en el blindaje frontal de un T-34 soviético a cualquier distancia mayor de 200 metros. En tanques y artillería, los soviéticos superaban a los japoneses casi cinco a uno en Manchuria.

En el aire la ventaja soviética era de dos a uno con la diferencia adicional de que gran parte de la aviación japonesa carecía de combustible suficiente para operaciones sostenidas.

El problema más profundo no era de equipo, sino de calidad organizacional y tiempo. El proceso de reorganización que el Cuartel General Imperial había ordenado para el ejército de Kwantung, iniciado en los últimos meses de la guerra, había producido el efecto opuesto al buscado. Se ordenó que las numerosas guarniciones fronterizas se fusionaran para crear ocho nuevas divisiones de infantería numeradas del 121 al 128 más cuatro brigadas mixtas.

Simultáneamente se reclutaron alrededor de 250. 000 reservistas para formar otras ocho divisiones adicionales numeradas del 134 al 139 y del 148 al 149. Estas unidades reemplazaron a las divisiones veteranas enviadas a otros frentes, pero eran cáscaras vacías, hombres sin entrenamiento de combate intensivo en estructuras organizacionales que no habían sido sometidas a ninguna presión real.

Muchos de los reclutas eran agricultores japoneses colonos establecidos en Manchuria, llamados al servicio activo con días de antelación.

El problema se agravaba por la distribución del armamento pesado. Los 1. 155 tanques del ejército de Kwantung estaban concentrados en solo dos brigadas de tanques, una asignada al 30º Ejército del Área y otra al 4º Ejército.

La mayoría de las divisiones de infantería operaban sin apoyo blindado orgánico y sin los vehículos motorizados necesarios para la guerra de movimiento. En una campaña donde el objetivo soviético era precisamente la velocidad y la penetración profunda, una fuerza de infantería sin movilidad orgánica quedaba estructuralmente incapacitada para reaccionar.

La estrategia defensiva también había mutado peligrosamente a lo largo de los meses previos. Antes de 1944, los planes japoneses contemplaban una defensa activa en las líneas fronterizas con capacidad para contraatacar hacia territorio soviético en caso de conflicto. Para septiembre de 1944, el plan había cambiado a una defensa sólida en las mismas líneas y para la primavera de 1945 el plan había cambiado una vez más.

Ahora la frontera sería apenas levemente defendida con pelotones y batallones de retaguardia encargados de retrasar al enemigo entre 40 y 70 kilómetros, mientras las fuerzas principales se concentraban en localidades fortificadas en el interior, preparadas para una resistencia prolongada. La batalla defensiva decisiva estaba planificada en torno a las posiciones de Tungua y Antu, al norte de Corea, donde el terreno montañoso favorecería al defensor.

En teoría, este plan de defensa en profundidad tenía coherencia táctica. Entregaba la frontera indefendible para conservar la masa de maniobra en posiciones elegidas. El problema era triple.

Primero, la ejecución requería una coordinación de movimientos que las unidades recién formadas y mal comunicadas no podían garantizar. Segundo, los depósitos de suministro, los cuarteles y la infraestructura logística seguían posicionados para la defensa fronteriza antigua, no para las nuevas posiciones interiores. Tercero, y quizás más importante, el redespliegue no estaba completo.

El Cuartel General Imperial había previsto que la reorganización se completara en septiembre de 1945. El ataque soviético llegó en agosto.

En los días que precedieron al 9 de agosto, el ejército de Kwantung se encontraba literalmente a mitad del proceso de redisposición cuando el enemigo cruzó la frontera. Algunas unidades habían abandonado sus posiciones originales y aún no habían llegado a las nuevas. Depósitos que debían trasladarse seguían en sus ubicaciones originales.

Guarniciones que debían reforzar los reductos interiores aún estaban en trámite de recibir sus órdenes de marcha. Era la peor de las condiciones posibles para enfrentar un ataque. Ni la solidez de una defensa preparada, ni la flexibilidad de una unidad lista para moverse.

Las regiones fronterizas estaban guarnecidas por las llamadas regiones fortificadas o OTI, complejos de búnkeres de hormigón, trincheras, posiciones de artillería y túneles excavados a lo largo de los años anteriores. Estas instalaciones eran en principio formidables. Paredes de hormigón de un metro de grosor, cañoneras cubiertas, depósitos subterráneos con reservas para resistir semanas de asedio.

Pero habían sido diseñadas para una guerra de posiciones estáticas, no para el tipo de guerra móvil que los soviéticos traían. Y habían sido construidas asumiendo que el ataque principal vendría a lo largo de los ejes de carreteras y ferrocarriles existentes. Los soviéticos atacaron precisamente por los ejes que los japoneses habían considerado impenetrables para fuerzas mecanizadas.

El estado del mando en las semanas previas era igualmente perturbador. Los comandantes del ejército de Kwantung estaban en la mañana del 9 de agosto participando en ejercicios de planificación en instalaciones de mando separadas de sus unidades operativas. El general Yamada se encontraba en Shinkyo.

Varios de sus comandantes de ejército estaban en otras ciudades. Cuando comenzó el ataque, el alto mando del ejército de Kwantung tardó más de 18 horas en regresar a sus cuarteles operacionales y restablecer comunicaciones con sus unidades de primera línea. Durante ese lapso, las divisiones más avanzadas combatieron, se retiraron o colapsaron sin dirección central.

La Armada Imperial Japonesa no contribuyó con fuerzas de superficie a la defensa de Manchuria, una postura que había mantenido a lo largo de toda la ocupación por razones de estrategia global. Los pocos remanentes de la flota japonesa estaban concentrados en defensa de las islas de origen, anticipando la invasión americana. Lo que quedaba de la aviación naval en el teatro participó en algunas acciones sobre Sajalín y las Kuriles, pero no pudo alterar el balance en el continente.

El ejército de Kwantung estaba solo.

Las reservas de munición ilustran con precisión la magnitud del problema logístico. Según los registros del propio ejército de Kwantung, los suministros disponibles en agosto de 1945 eran suficientes para cubrir las necesidades de 13 divisiones durante tres meses de combate de intensidad media. El ejército tenía 24 divisiones en Manchuria.

En términos prácticos, esto significaba que en el momento en que comenzara el combate de alta intensidad, la mayoría de las unidades quedarían sin suministros en cuestión de semanas, dependiendo completamente de capturas de material enemigo para mantener su capacidad de fuego. La logística, no la voluntad de combatir, era la limitación definitoria del ejército de Kwantung en agosto de 1945.

La noche del 8 de agosto de 1945 era húmeda y oscura sobre las estepas de Mongolia Interior. A las 17:00 hora de Moscú, el canciller soviético Viacheslav Molotov convocó al embajador japonés Naotake Sato al Kremlin y le entregó formalmente la declaración de guerra de la Unión Soviética contra el Imperio del Japón. Sato escuchó sin alterar la expresión.

Afuera, en el Lejano Oriente, ya era pasada la medianoche del día 9. El primer escalón del Ejército Rojo ya estaba en movimiento.

Un minuto después de la medianoche, las tres fuerzas soviéticas cruzaron simultáneamente sus respectivas fronteras. En el flanco derecho del Frente Transbaikal, el cuerpo mecanizado de caballería soviético-mongol del general Pliyev avanzó con su 5ª Brigada Mecanizada y la 43ª Brigada de Tanques separada liderando dos columnas a través del desierto de Mongolia Interior. El terreno era arena y piedra, sin carreteras pavimentadas, sin ríos navegables.

La temperatura diurna superaba los 40 grados centígrados. A pesar de ello, las columnas de Pliyev cubrieron 88 kilómetros en las primeras 24 horas sin encontrar resistencia significativa.

Al este, el 1º Ejército del teniente general Danilov, con sus batallones de tanques 70º y 82º al frente, penetró también en Mongolia Interior sin oposición. Sus columnas avanzaron 70 kilómetros el primer día. Al anochecer, los destacamentos de vanguardia del 6º Ejército de Tanques de la Guardia de Kravchenko ya habían alcanzado las estribaciones de las montañas del Gran Khingan.

Las montañas del Gran Khingan eran, en los cálculos japoneses, el obstáculo natural que protegía a Manchuria del oeste. La cadena se eleva abruptamente desde las llanuras mongolas, con pasos escasos, caminos de tierra que en agosto se convierten en ríos de barro con las lluvias estivales y pendientes que ningún comandante sensato cruzaría con blindados en tiempo récord. Los japoneses habían apostado implícitamente a que ninguna fuerza mecanizada podría cruzarlas en menos de diez días.

El 6º Ejército de Tanques de la Guardia cruzó las montañas en siete horas. El 5º Cuerpo de Tanques de la Guardia alcanzó el punto más alto de la cordillera a las 23:00 del día 10 de agosto. En la oscuridad y bajo la lluvia, los tanques T-34 y los vehículos de apoyo descendieron las pendientes occidentales, recorriendo 40 kilómetros de montaña en condiciones que en circunstancias normales habrían paralizado a cualquier columna motorizada.

Cuando amaneció el 11 de agosto, el 6º Ejército de la Guardia había emergido en la llanura central de Manchuria. Lo que estaba previsto para cinco días había tomado cuatro.

En el flanco izquierdo del Frente Transbaikal, el general Luchinski enfrentó más resistencia. Su 36º Ejército tuvo que cruzar el crecido río Argún utilizando vehículos anfibios DUKW suministrados bajo el programa de préstamo y arriendo de los Estados Unidos. La 119ª División japonesa y la 80ª Brigada Mixta Independiente defendían Hailar desde la región fortificada del mismo nombre, una serie de búnkeres y posiciones de artillería excavadas en el terreno rocoso.

Aunque la 205ª Brigada de Tanques soviética logró asegurar los puentes al norte de la ciudad bajo la lluvia y la niebla, los combates en Hailar se prolongarían durante días.

En el Frente Oriental, el mariscal Meretskov lanzó al Primer Frente del Lejano Oriente desde las cercanías de Vladivostok hacia el oeste. El 1º Ejército de la Bandera Roja del coronel general Beloborodov y el 5º Ejército del coronel general N. M.

Krylov, junto con el 10º Cuerpo Mecanizado atacaron la línea fronteriza japonesa en zonas que el ejército de Kwantung consideraba naturalmente inexpugnables. El terreno era bosque denso, ríos y colinas, con una red de fortines japoneses escalonados en profundidad. Pero los soviéticos penetraron de todos modos, avanzando a través de los puntos más débiles y rodeando las posiciones más fuertes en lugar de enfrentarlas de frente.

Ese mismo día 9 de agosto, una segunda bomba atómica destruyó Nagasaki. Aún así, Japón no se rindió. No era únicamente insubordinación ideológica, era la expresión de una cultura militar que había construido su identidad sobre la negativa a rendirse y que no tenía mecanismos institucionales para procesar la derrota.

La contraorden de Yamada creó una fractura en el mando que se propagó hacia abajo por toda la jerarquía, con cada comandante de unidad enfrentando individualmente la decisión de obedecer al emperador o a su general.

Para el 10 de agosto, la confusión en el cuartel general del ejército de Kwantung en Shinkyo era creciente y se volvía orgánica, estructural, no meramente situacional. Las comunicaciones con las unidades fronterizas se cortaban intermitentemente. Los informes que llegaban describían penetraciones en zonas donde ninguna penetración había sido considerada posible.

Y lo más desconcertante para los oficiales japoneses era que las fuerzas soviéticas no se comportaban como los manuales tácticos europeos preveían. No se detenían a reducir los puntos de resistencia. Avanzaban en columnas rápidas que bordeaban los búnkeres y posiciones guarnecidas, los rodeaban y los dejaban aislados sin suministros ni comunicaciones, continuando el avance sin detenerse a combatirlos.

Era la doctrina de operaciones profundas en su expresión más pura y el ejército de Kwantung no tenía un protocolo establecido para responder a ella.

El 6º Ejército de Tanques de la Guardia del coronel general Kravchenko enfrentó en los días 10 y 11 un problema que el enemigo no le estaba causando, la escasez de combustible. Sus columnas habían avanzado tan rápido y tan lejos que el tren logístico no pudo mantener el ritmo en los caminos de tierra manchurianos convertidos en barrizales por las lluvias estivales. Los tanques Sherman, suministrados por el programa de préstamo y arriendo de los Estados Unidos, consumían más combustible que los T-34 soviéticos estándar y comenzaron a quedar varados.

Kravchenko tomó una decisión quirúrgica, retiró del avance los vehículos de mayor consumo y adelantó al 5º Cuerpo de Tanques de la Guardia, cuyos vehículos de orugas eran más eficientes en el terreno accidentado. El 453º Batallón de Aviación de la Fuerza Aérea Roja recibió órdenes de transportar gasolina directamente a las zonas de vanguardia con aviones de carga. Los ataques kamikazes japoneses contra las columnas de suministro contribuyeron a la escasez, pero sin lograr interrumpir el flujo de forma decisiva ni sostenida.

El 5º Cuerpo de Tanques de la Guardia llegó al punto más alto de las montañas del Gran Khingan a las 23:00 del día 10. En la oscuridad, bajo lluvias que convertían las laderas en superficies de barro, los blindados T-34 descendieron las pendientes orientales de la cordillera, recorriendo 40 kilómetros de montaña en siete horas. Al amanecer del 11 de agosto, el 6º Ejército de la Guardia había emergido completamente en la llanura central de Manchuria.

El 5º Cuerpo de Tanques llegó a Lubei el 11 de agosto. El 7º Cuerpo Mecanizado de la Guardia tomó Tuchuan el 12. La operación estaba programada para cinco días, había tomado cuatro.

La primera resistencia seria en el eje central del avance se produjo el 12 de agosto, cuando la 107ª División japonesa organizó una defensa cerca de Wuchaku. La 107ª era una de las divisiones con mayor tiempo de formación en el ejército de Kwantung y sus posiciones estaban establecidas en terreno elevado con campos de fuego preparados. El ataque soviético coordinado utilizó primero artillería pesada de 152 mm para desorganizar las posiciones de mando y los emplazamientos de artillería japonesa.

Luego envió tanques por los flancos mientras la infantería atacaba el frente. La 107ª fue dispersada con pérdidas considerables en armamento. Ese mismo 12 de agosto, la 221ª División de Fusileros soviética aceptó la rendición del general Julin al mando del décimo distrito militar de Manchuria, junto con más de 1.

000 de sus hombres. Era la primera rendición formal de un general japonés en la campaña.

En el flanco izquierdo del Frente Transbaikal, el general Luchinski continuaba los combates por Hailar, una ciudad que los japoneses se habían negado a evacuar pese a los planes generales de defensa en profundidad. La 80ª Brigada Mixta Independiente había mantenido el centro de la ciudad incluso después de que los soviéticos rodearon las afueras el 10 de agosto. La 205ª Brigada de Tanques soviética había asegurado los puentes al norte de la ciudad bajo la lluvia y la niebla y la 94ª División de Fusileros atacó las posiciones perimetrales.

Pero los defensores japoneses en el centro urbano utilizaban cada edificio como punto de resistencia. Habían minado los accesos y contaban con suficientes reservas de munición para una defensa prolongada. El mando soviético redistribuyó sus fuerzas retirando los blindados que eran vulnerables en el combate callejero y enviando más infantería.

La ciudad no caería hasta el 18 de agosto con 3. 227 prisioneros capturados.

El cuerpo mecanizado de caballería soviético-mongol del general Pliyev enfrentó en el desierto mongol un obstáculo que ningún plan había anticipado con precisión, la resistencia de las divisiones de caballería de Mongolia Interior leales al estado títere japonés de Mengjiang. Las divisiones de caballería tercera, quinta y séptima de Mongolia Interior no eran simplemente marionetas del mando japonés, eran unidades mongolas con motivación propia para combatir, enfrentadas a un adversario que también incluía fuerzas mongolas bajo bandera soviética. Era una guerra civil en miniatura dentro de la guerra mayor con mongoles de ambos lados del paralelo político combatiéndose entre las dunas.

Pliyev tomó Taopanin tras cuatro días de combate continuo, pero la resistencia de estas divisiones retrasó el avance en el flanco derecho del Frente Transbaikal más de lo previsto.

En el Frente Oriental, el mariscal Meretskov empujaba con su Primer Frente del Lejano Oriente hacia Mutanchiang, la mayor ciudad de Manchuria Oriental y nudo ferroviario clave que conectaba el norte de Manchuria con Corea. Las defensas japonesas en ese sector eran las más preparadas de todo el teatro. Años de trabajo de ingeniería militar habían producido un sistema de posiciones en las colinas boscosas al este de la ciudad con campos de tiro cruzado, obstáculos de alambre y zonas de demolición preparadas en los puentes y pasos de ferrocarril.

El Primer Ejército del Área japonés bajo el general Seiichi había concentrado allí sus mejores unidades.

El asalto soviético a Mutanchiang fue el combate más costoso de toda la campaña. El 5º Ejército del coronel general Krylov atacó con tres divisiones de fusileros precedidas por artillería masiva, pero el terreno favorecía a los defensores y las primeras oleadas sufrieron pérdidas elevadas ante el fuego de ametralladoras y morteros japoneses establecidos en posiciones elevadas. Los soviéticos adaptaron su táctica.

En lugar de ataques frontales directos, comenzaron a infiltrar unidades pequeñas por los flancos utilizando la cobertura forestal, buscando las líneas de comunicación de las posiciones japonesas más adelantadas. El 10º Cuerpo Mecanizado fue enviado a un largo rodeo por el norte para cortar la ruta de retirada hacia Harbin. Cuando los japoneses comprendieron que estaban siendo rodeados, parte de las unidades comenzó una retirada hacia el oeste que fue interceptada por la artillería soviética en los valles.

Mutanchiang cayó el 16 de agosto tras seis días de combates que destruyeron gran parte de la ciudad. De los aproximadamente 100. 000 soldados japoneses que defendían el sector, menos de 20.

000 sobrevivieron para rendirse.

El 13 y 14 de agosto, los combates continuaron en múltiples frentes con violencia no disminuida. En la estación de ferrocarril de Bunoer, la 275ª División de Fusileros soviética dedicó ambos días a eliminar una posición defensiva japonesa construida en torno a las instalaciones ferroviarias, donde los defensores habían transformado los almacenes de carga y las instalaciones de mantenimiento en búnkeres improvisados con materiales industriales. El 2º Cuerpo de Fusileros continuaba los combates por Hailar contra los restos de la 119ª División.

En el norte, el 15º Ejército del Segundo Frente del Lejano Oriente cruzaba el río Amur en múltiples puntos, utilizando barcos de desembarco de la flotilla del Amur para trasladar divisiones completas a la orilla sur.

Fue también durante esos días cuando el desmoronamiento del mando japonés alcanzó su expresión más visible. El general Ushiroku Jun, al mando del Tercer Ejército del Área y responsable del centro y oeste de Manchuria, tomó el 13 de agosto una decisión unilateral que contradecía directamente las órdenes del general Yamada. En lugar de mantener sus fuerzas en las posiciones interiores designadas por el plan defensivo, ordenó la retirada hacia Mukden, donde residían la mayoría de las familias de sus soldados y donde esperaba establecer una última línea de defensa protegida por el terreno urbano.

La justificación táctica era débil y la consecuencia operacional fue devastadora. El movimiento de retroceso expuso los flancos del Primer Ejército del Área de Seiichi al norte y desarticuló la coordinación entre los dos ejércitos de área que habían de actuar de forma complementaria.

El 14 de agosto, el gobierno japonés en Tokio contactó a las potencias aliadas para solicitar una aclaración de los términos de rendición de la declaración de Potsdam. El mismo día, el emperador Hirohito ordenó a sus fuerzas cesar el fuego mientras se completaban las negociaciones. El general Yamada recibió la orden y la revocó.

Cuando las vanguardias del Primer Frente del Lejano Oriente alcanzaron Harbin en el corazón de Manchuria el 20 de agosto de 1945, encontraron algo que ningún informe de inteligencia había descrito con precisión. A las afueras de la ciudad, oculto bajo la apariencia de un complejo industrial de aserrado de madera, existía una instalación que los japoneses habían denominado oficialmente como destacamento de prevención de epidemias y purificación de agua de Kwantung. El nombre real usado entre sus propios integrantes era la Unidad 731.

El médico a cargo era el teniente general Shiro Ishii, nombrado director del programa en 1936. Ishii había convencido a la cúpula militar japonesa de que las armas biológicas podían ser un multiplicador de fuerza decisivo en la guerra moderna y había obtenido los recursos para construir un complejo de investigación que incluía laboratorios, cámaras de prueba, celdas de prisioneros y un crematorio industrial. El complejo cerca de la ciudad de Pingfang cubría una superficie de aproximadamente tres kilómetros cuadrados y albergaba a más de 3.

000 investigadores, técnicos y personal de apoyo en sus años de mayor actividad.

Los sujetos de experimentación eran denominados en los registros internos como maruta, término japonés que significa troncos de madera, una referencia deliberada a la tapadera de aserradero que ocultaba la instalación y una deshumanización premeditada de las víctimas. La gran mayoría eran civiles chinos y prisioneros de guerra del ejército chino, pero también había ciudadanos soviéticos, mongoles, coreanos y prisioneros de guerra occidentales, incluidos británicos y estadounidenses. Los experimentos documentados incluían la inoculación directa de enfermedades como el cólera, la tuberculosis, la fiebre tifoidea, la peste bubónica y el botulismo administrados a sujetos sin anestesia para observar la progresión de los síntomas.

Se realizaron vivisecciones en sujetos vivos para estudiar los efectos internos de las bacterias antes de que la putrefacción alterara los resultados. Hubo experimentos de congelación en los que prisioneros eran expuestos al frío exterior manchuriano durante horas con temperaturas que en invierno descienden por debajo de los 30 grados bajo cero para estudiar los efectos del frío extremo y probar tratamientos de descongelación. Se registraron experimentos de presurización, de radiación y de prueba de agentes químicos.

Los cuerpos eran incinerados en el crematorio del complejo. Las cenizas eran enterradas en terrenos adyacentes. Se estima, según investigaciones posteriores del gobierno japonés y de académicos internacionales, que entre 3.

000 y 10. 000 personas murieron en las instalaciones de la Unidad 731 durante los años de su operación. Cuando las tropas soviéticas se acercaban, el personal de la Unidad 731 destruyó apresuradamente las instalaciones, liberó o ejecutó a los prisioneros restantes y huyó.

El doctor Ishii huyó a Japón. Cuando fue capturado por fuerzas estadounidenses, se le ofreció inmunidad procesal a cambio de los datos científicos recopilados durante los experimentos. Nunca fue juzgado.

Los miembros del programa capturados por los soviéticos sí fueron procesados en los juicios de Jabárovsk de 1949, donde 12 oficiales japoneses fueron condenados por crímenes de guerra biológicos.

El 15 de agosto de 1945, a las 12:00 hora de Tokio, una grabación en acetato comenzó a reproducirse en las emisoras de radio nacionales japonesas. Era la primera transmisión radiofónica del emperador Hirohito, cuya voz la mayoría de sus súbditos nunca habían escuchado. Grabada el día anterior en el Palacio Imperial después de que un intento de golpe de estado por oficiales fanáticos del ejército para impedir la rendición fuera aplastado en las últimas horas.

El lenguaje del mensaje, formulado en japonés clásico que muchos oyentes entendieron con dificultad, no usaba las palabras rendición ni derrota, sino que anunciaba la aceptación de los términos de la declaración de Potsdam por necesidad de soportar lo insoportable.

En Manchuria, el ataque soviético continuó sin interrupción. El mariscal Vasilevski no interpretó el anuncio imperial como el fin de las operaciones. Tenía razones prácticas para esta postura.

No había recibido comunicación formal de rendición a través de los canales militares establecidos. Múltiples unidades japonesas en el campo seguían combatiendo y su objetivo estratégico, la ocupación física de los territorios prometidos en Yalta antes de que cualquier armisticio formal pudiera congelar las posiciones, requería que sus fuerzas estuvieran materialmente presentes en cada ciudad y puerto clave. Las órdenes que emitió el 15 de agosto establecían sin ambigüedad continuar el avance, capturar los objetivos designados y aceptar rendiciones locales solo cuando los japoneses se presentaran de forma ordenada y depositaran las armas.

Ese mismo 15 de agosto, el cuerpo mecanizado de caballería de Pliyev encontró resistencia encarnizada en Kalgan, donde las divisiones de caballería tercera, quinta y séptima de Mongolia Interior se habían reorganizado después de sus combates anteriores y establecido nuevas posiciones defensivas. Los combates en Kalgan duraron dos días. El 17 de agosto, el mando mongol colaboracionista decidió que la situación era insostenible y depuso las armas.

Fueron capturados 1. 635 prisioneros de guerra. El príncipe Demchugdongrub, líder nominal del estado títere de Mengjiang, huyó hacia el interior de China, donde sería capturado en 1945 por fuerzas del Kuomintang.

El 16 de agosto, paracaidistas soviéticos aterrizaron en el aeropuerto de Mukden, la mayor ciudad de Manchuria, como preludio al avance terrestre. Los paracaidistas tenían una doble misión, asegurar las instalaciones aeroportuarias para permitir vuelos de suministro y refuerzo y, de forma no documentada en las órdenes oficiales, encontrar y capturar a Puyi, el último emperador de Manchukuo. Puyi, que había sido el último hijo del cielo de China como niño en 1912, antes de ser instalado por los japoneses como monarca de Manchukuo en 1934, intentaba huir a Japón desde el aeropuerto de Mukden con un pequeño séquito.

Los paracaidistas soviéticos lo encontraron en el aeródromo el 19 de agosto. Fue detenido, interrogado brevemente y enviado a la Unión Soviética, donde permanecería bajo custodia soviética durante cinco años antes de ser entregado a la China comunista en 1950.

El 18 de agosto fue un día de convergencias simbólicas de enorme peso geopolítico. En Hailar, la 80ª Brigada Mixta Independiente japonesa depuso finalmente las armas después de nueve días de combate urbano. Los defensores habían mantenido el centro de la ciudad contra fuerzas superiores mediante una combinación de posiciones bien preparadas, reservas de suministro y una determinación que la mayoría de los oficiales soviéticos de la campaña reconocieron abiertamente.

Cuando los últimos 3. 227 prisioneros desfilaron hacia los centros de concentración soviéticos, muchos estaban heridos con los uniformes destruidos y los semblantes de hombres que sabían que habían combatido hasta el límite de lo físicamente posible.

Ese mismo 18 de agosto, el cuerpo mecanizado de caballería soviético-mongol cruzó simbólicamente la Gran Muralla China y marchó hacia Pekín, uniéndose en el camino al Octavo Ejército de Ruta del Partido Comunista Chino bajo el mando directo del comandante Nie Rongzhen. Era el primer contacto físico coordinado entre unidades soviéticas y el ejército comunista chino sobre el terreno manchuriano, y su significado político superaba con creces su valor operacional inmediato. En las semanas siguientes, el armamento capturado al ejército de Kwantung, rifles, ametralladoras, piezas de artillería, vehículos, sería transferido en proporciones significativas a las fuerzas de Mao, transformando el equilibrio de la guerra civil china que se reanudaba.

El 19 de agosto, en el cuartel general soviético de Changchun, el general Yamada acordó formalmente con el mariscal Vasilevski las condiciones del alto el fuego y la rendición del ejército de Kwantung. El protocolo establecía el cese de la resistencia en todas las posiciones japonesas, el depósito de armas en puntos designados y la concentración de los prisioneros en centros establecidos por el mando soviético. Yamada firmó el documento con una deliberación que los observadores soviéticos presentes describieron como la de un hombre que comprendía perfectamente lo que estaba haciendo y lo que significaba.

Fuera del edificio, las columnas de vehículos soviéticos continuaban avanzando hacia el sur y el este.

Ese mismo 19 de agosto, Vasilevski distribuyó nuevas órdenes para la captura de los objetivos que aún no estaban en manos soviéticas. La distinción entre alto el fuego y fin de las operaciones era clara en su mente. El primero obligaba a los japoneses a dejar de resistir.

El segundo no estaba en vigor hasta que el tratado formal fuera firmado, lo que no ocurriría hasta el 2 de septiembre sobre la cubierta del USS Missouri en la bahía de Tokio. Hasta ese momento, cada ciudad, cada puerto y cada isla que los soviéticos pudieran alcanzar físicamente quedaría bajo su control cuando se firmaran los documentos finales.

El 20 de agosto, Harbin cayó ante los elementos avanzados del Primer Frente del Lejano Oriente. La ciudad, fundada por ingenieros rusos del ferrocarril transiberiano en 1898 y con una población rusa significativa hasta la década de 1930, era en varios sentidos más familiar para los soldados soviéticos que cualquier otra ciudad manchuriana. Las tropas japonesas en la ciudad, que incluían personal de la Unidad 731 que no había podido destruir completamente sus instalaciones ni escapar a tiempo, depositaron sus armas en las plazas principales.

Las fotografías de la rendición muestran columnas de soldados japoneses con las manos en la nuca, caminando entre filas de soldados soviéticos que los observan desde T-34 aparcados en los bulevares de lo que había sido el centro financiero de Manchuria.

En las afueras de Harbin, los equipos de investigación soviéticos del NKVD comenzaron a examinar las instalaciones de la Unidad 731 en Pingfang. Lo que encontraron superaba la información que sus servicios de inteligencia habían recopilado previamente. Los edificios de laboratorio, aunque parcialmente demolidos, contenían equipamiento médico especializado, archivos parcialmente quemados, celdas con registros de prisioneros y el crematorio industrial que había sido utilizado para incinerar los cuerpos de los sujetos de experimentación.

Los pozos en los terrenos adyacentes contenían huesos. Los archivos que no habían sido destruidos a tiempo documentaban experimentos con agentes biológicos que incluían cepas modificadas de peste bubónica, cólera, tifus, ántrax y un arsenal de otras enfermedades probadas en seres humanos vivos. El personal que no había escapado fue interrogado, detenido y eventualmente procesado en los juicios de Jabárovsk de diciembre de 1949.

Mukden, la mayor ciudad manchuriana, fue ocupada el 24 de agosto por columnas del Frente Transbaikal. En los depósitos militares y las instalaciones industriales de la ciudad, los equipos soviéticos comenzaron de inmediato el inventario y el desmontaje de la infraestructura que podía ser trasladada. Maquinaria industrial de las fundiciones de la empresa Sumitomo, equipamiento ferroviario, instalaciones eléctricas, archivos militares y científicos.

El proceso fue sistemático y a gran escala. Cientos de trenes cargados con equipamiento industrial partieron de Mukden y otras ciudades manchurianas hacia la Unión Soviética en las semanas siguientes, en lo que los historiadores económicos describen como el mayor traslado de infraestructura industrial de la historia moderna del noreste asiático.

El 30 de agosto, la última formación japonesa organizada en combate activo, la 7ª División, se rindió al 94º Cuerpo de Fusileros en las estribaciones del Gran Khingan. Otros 7. 858 prisioneros fueron enviados hacia los centros de concentración.

Era operacionalmente el fin del ejército de Kwantung como fuerza cohesionada. Otras unidades más pequeñas, batallones y compañías aisladas en regiones remotas se rendirían durante los días y semanas siguientes, algunas de ellas habiendo permanecido sin recibir comunicación alguna desde el inicio de la ofensiva.

Los números de la campaña de Manchuria son en casi todos los casos disputados, revisados o simplemente incompatibles entre sí según la fuente que se consulte. Los gobiernos japonés y soviético modificaron sus cifras en múltiples ocasiones desde su primera publicación y la investigación académica posterior ha producido estimaciones que se distancian considerablemente de las versiones oficiales. Lo que las cifras soviéticas reclamaron inicialmente fue esto: 83.

737 soldados japoneses muertos en combate, aproximadamente 20. 000 heridos solo en Manchuria y 640. 000 capturados y desarmados en total.

Las pérdidas propias actualizadas en investigaciones posteriores se cifraron en 9. 780 muertos en combate, 911 desaparecidos, 19. 562 heridos y 4.

863 enfermos para un total de 36. 653 bajas. Las estimaciones japonesas de sus propias bajas en combate se sitúan entre 22.

300 y 23. 600 muertos y aproximadamente 40. 000 heridos.

Estas cifras capturan solo una fracción del costo humano real. Los 640. 000 prisioneros militares capturados fueron enviados en columnas de marcha hacia los centros de concentración provisionales y de allí en trenes de carga sin calefacción ni ventilación adecuada a los campos de trabajo forzado establecidos en Siberia, Mongolia y Asia Central soviética.

Las marchas de concentración se realizaron en agosto con temperaturas diurnas que en Manchuria del Norte superaban los 30 grados. Los hombres caminaban entre 20 y 30 kilómetros diarios con raciones de pan negro, en proporciones que más tarde los propios prisioneros describirían como mayoritariamente compuesto de aserrín mezclado con harina mínima y sopa aguada servida una vez al día. Los que colapsaban de agotamiento o enfermedad eran dejados en el camino por orden explícita de los guardias soviéticos.

Los registros de los propios campos, parcialmente desclasificados a partir de los años 1990 por los archivos rusos, indican que las tasas de mortalidad en las marchas de agosto a septiembre de 1945 fueron significativamente más altas que las de los periodos posteriores en los campos estables. Los campos siberianos donde fueron internados los prisioneros japoneses eran instalaciones diseñadas para extraer trabajo en condiciones climáticas extremas. En las regiones de Magadán, Jabárovsk y el lago Baikal, el invierno llegaba en octubre con temperaturas que descendían regularmente por debajo de los 30 grados bajo cero.

Los prisioneros trabajaban principalmente en minas de carbón, canteras de piedra y construcción de ferrocarriles y carreteras. Las jornadas laborales de 12 a 14 horas eran estándar. Las raciones calóricas eran calculadas para mantener la capacidad de trabajo, pero no para garantizar la salud a largo plazo.

La ropa de invierno era insuficiente para las temperaturas reales. La congelación de extremidades con la consecuente pérdida de dedos de manos y pies era una ocurrencia regular que los registros médicos de los campos documentan sistemáticamente.

De los 640. 000 capturados, las estimaciones más citadas indican que aproximadamente 60. 000 murieron en cautiverio durante los años siguientes.

Pero otras fuentes, incluyendo las investigaciones del propio gobierno japonés realizadas en las décadas de 1950 y 1960, sugieren cifras considerablemente mayores. El gobierno japonés cifra en 254. 000 las muertes de ciudadanos japoneses, militares y civiles, en cautiverio soviético.

La diferencia entre estas cifras refleja tanto problemas metodológicos, definición de cautiverio, periodos de tiempo considerados, como la deliberada opacidad que ambos gobiernos mantuvieron sobre el tema durante décadas por razones diplomáticas distintas. Los últimos prisioneros japoneses no regresaron a Japón hasta 1956, once años después del fin de la guerra. Algunos casos aislados, hombres acusados de crímenes de guerra o retenidos por razones políticas que los soviéticos nunca explicaron claramente, permanecieron hasta principios de los años 1960.

Para los hombres que vivieron un decenio en los campos siberianos, el regreso a un Japón transformado por la ocupación americana y la reconstrucción económica fue, según los testimonios disponibles, una experiencia de profunda desorientación. Sus países, sus familias y sus ciudades habían continuado sin ellos. Muchos encontraron que el Japón al que regresaban era un lugar que no reconocían.

Entre los colonos civiles japoneses establecidos en Manchuria, agricultores, comerciantes, trabajadores industriales y sus familias que sumaban alrededor de 220. 000 personas, la situación en las semanas y meses que siguieron al derrumbe fue de una brutalidad que el aparato estatal japonés en Tokio tardó años en reconocer formalmente.

El gobierno imperial había enviado a estas familias al continente como parte de una política de colonización territorial deliberada desde la década de 1930, presentando Manchuria como una nueva frontera de oportunidades. Cuando el ejército que supuestamente los protegía colapsó y las autoridades militares priorizaron la evacuación de personal militar, los colonos quedaron completamente abandonados. De esos 220.

000 colonos, aproximadamente 80. 000 murieron por inanición, suicidio, enfermedades o violencia durante el caos que siguió a la rendición. Mujeres japonesas y sus hijos fueron atacados por soldados soviéticos durante el avance y por grupos de civiles chinos que vengaban décadas de brutalidad de la ocupación nipona.

Los colonos que intentaban desplazarse hacia los puertos en busca de barcos para Japón atravesaban regiones en estado de colapso administrativo total, sin acceso a alimento, agua potable o protección. Solo 140. 000 supervivientes regresaron eventualmente a Japón.

La violencia sexual fue un elemento sistemático, no excepcional, del avance soviético en Manchuria. Como había ocurrido durante la invasión del Ejército Rojo en Alemania a principios de 1945, decenas de miles de mujeres japonesas y chinas fueron víctimas de violaciones masivas mientras las fuerzas soviéticas completaban su ocupación. Un testimonio recogido en investigaciones japonesas posteriores de una sobreviviente, cuyo nombre completo los registros no preservaron, describe lo ocurrido en un aeródromo donde mujeres japonesas se habían reunido buscando protección colectiva.

Cada noche, grupos de soldados soviéticos llegaban y llevaban mujeres que regresaban a la mañana siguiente. Varias se suicidaron. Las que intentaban resistirse eran amenazadas con la incineración del hangar completo junto con todas sus ocupantes.

El mariscal Vasilevski no emitió órdenes públicas de prevención de estos crímenes que hayan sido documentadas y preservadas. El patrón coincidía exactamente con el observado en los frentes europeos. La violencia sexual contra civiles era tolerada tácitamente o ignorada por el mando soviético como consecuencia implícita de la guerra, no como una violación de la disciplina que requiriera corrección.

El procesamiento judicial de los crímenes de guerra del lado japonés fue incompleto y selectivo de maneras que la historia posterior ha juzgado severamente. El personal de la Unidad 731 capturado por los soviéticos fue procesado en Jabárovsk en diciembre de 1949, donde 12 oficiales japoneses fueron condenados apenas a entre 2 y 25 años de trabajos forzados. El doctor Shiro Ishii había escapado a Japón antes de la llegada de las tropas soviéticas a Harbin.

Cuando fue localizado y detenido por las autoridades de ocupación estadounidenses, los generales MacArthur y sus asesores de inteligencia decidieron que los datos científicos acumulados por la Unidad 731, experimentos con agentes biológicos sobre sujetos humanos que ningún laboratorio occidental podría replicar éticamente, tenían valor estratégico superior a cualquier proceso judicial. Ishii recibió inmunidad procesal a cambio de la entrega completa de los archivos del programa. Murió en Tokio en 1959 sin haber sido procesado por ningún tribunal.

Los bienes materiales capturados añadían una dimensión económica adicional al costo de la derrota japonesa. Los soviéticos desmontaron y trasladaron a la Unión Soviética la mayor parte de la infraestructura industrial instalada en Manchuria durante 14 años de ocupación japonesa. Las fundiciones de Anshan, las instalaciones químicas de Mukden, el equipamiento de las plantas eléctricas de Harbin, los vehículos ferroviarios y la maquinaria de las fábricas de armamento fueron cargados en trenes con metodología sistemática.

Lo que no podía ser trasladado fue inutilizado deliberadamente. El objetivo implícito era impedir que Manchuria se convirtiera en una base industrial competidora para los subdesarrollados territorios soviéticos del Lejano Oriente. El valor de lo extraído, calculado por historiadores económicos que han tenido acceso parcial a los archivos soviéticos, se estima en cifras equivalentes a cientos de millones de dólares de 1945, representando una transferencia de riqueza que retrasó la reconstrucción industrial de la región por años.

Para los 2. 726. 000 ciudadanos japoneses, dos tercios de ellos civiles, que cayeron en la órbita soviética durante la campaña y sus consecuencias inmediatas, el destino dependió de variables que con frecuencia no controlaban.

La unidad soviética que los capturó, el comandante local que los procesó, la ruta que tomó su columna de prisioneros. Algunos fueron tratados de acuerdo con las convenciones de guerra que la Unión Soviética había firmado pero no siempre respetaba. Otros fueron víctimas de represalias arbitrarias.

Las cifras totales de muertos y desaparecidos, con todas las incertidumbres de fuentes en conflicto, constituyen el costo humano más alto de todos los costos de la campaña. Mayor que las bajas en combate de ambos lados combinadas, mayor que las pérdidas de equipamiento, mayor que cualquier otra dimensión medible del conflicto.

La operación Tormenta de Agosto no fue únicamente una guerra entre la Unión Soviética y el Imperio del Japón. Fue también, en múltiples dimensiones simultáneas, una guerra sobre el futuro político del noreste asiático con actores que tenían sus propias agendas, lealtades y objetivos territoriales. La República Popular de Mongolia, gobernada desde 1924 por Khorloogiin Choibalsan con orientación soviética, contribuyó al esfuerzo con el grupo de caballería de la MPA, el ejército popular mongol, de aproximadamente 16.

000 hombres. Para los mongoles, la campaña tenía una dimensión histórica particular, recuperar el control sobre las regiones de Mongolia Interior que el Japón había organizado bajo el estado títere de Mengjiang desde 1936 bajo el liderazgo del príncipe mongol Demchugdongrub. Mengjiang era una creación artificial japonesa, pero no carecía de apoyo entre ciertos sectores de la nobleza mongola que veían en la colaboración con Japón una oportunidad de resistir la presión tanto de China como de la Unión Soviética.

Las tres divisiones de caballería de Mongolia Interior que combatieron contra las fuerzas soviético-mongolas en Kalgan no eran simplemente marionetas japonesas, eran mongoles que habían apostado por el lado equivocado de una división política que atravesaba su propio pueblo. El tratamiento de los prisioneros de Mongolia Interior capturados en los combates de agosto fue notablemente diferente del dispensado a los japoneses. Muchos fueron liberados relativamente pronto, integrados en la nueva estructura política que la Unión Soviética estaba construyendo en Asia Central.

La frontera entre la República Popular de Mongolia, consolidada bajo tutela soviética, y China sería uno de los elementos clave del nuevo orden regional que emergería de la campaña.

La dimensión coreana fue igualmente decisiva y de consecuencias igualmente duraderas. El 14 de agosto, unidades soviéticas lanzaron operaciones anfibias contra la costa norte de Corea, ocupada por Japón desde 1910. El 25º Ejército soviético del coronel general Iván Chistiakov avanzó rápidamente hacia el sur de la península.

Cuando la rendición japonesa fue efectiva, los soviéticos se encontraban bien al sur del paralelo 38. Fue Estados Unidos quien propuso detener el avance soviético en ese paralelo como línea provisional de demarcación entre las zonas de rendición japonesa y posterior administración de los dos grandes poderes. La propuesta fue aceptada por Stalin el 16 de agosto.

Esa línea provisional, el paralelo 38, se convertiría tres años después en la frontera entre dos estados con sistemas políticos incompatibles y cinco años después en la línea de partida de una nueva guerra que costaría casi cuatro millones de vidas. En el norte de Corea, el 25º Ejército soviético instaló administraciones militares y comenzó a organizar las estructuras políticas que eventualmente formarían el núcleo del gobierno de Kim Il-sung. En el sur, las fuerzas estadounidenses desembarcaron en septiembre de 1945.

La arquitectura del conflicto coreano, que estallaría en junio de 1950, fue trazada en buena medida por los movimientos militares de agosto de 1945.

En Sajalín del Sur y las islas Kuriles, las operaciones soviéticas también avanzaban. La operación Sajalín del Sur, iniciada el 11 de agosto de 1945, consistió en un avance terrestre combinado con desembarcos anfibios para recuperar los territorios que Rusia había cedido a Japón tras la guerra de 1905. Los combates en las islas Kuriles, especialmente en la isla de Shumshu, resultaron en pérdidas significativas para ambos lados.

El 1 de septiembre, las últimas unidades japonesas en las Kuriles deponían las armas. Los 600. 000 japoneses que habitaban Sajalín del Sur y las Kuriles fueron deportados a Japón entre 1946 y 1949.

Rusia administra esos territorios hasta el día de hoy y el tratado de paz entre Rusia y Japón nunca ha sido firmado.

El 2 de septiembre de 1945, a bordo del acorazado USS Missouri, anclado en la bahía de Tokio, el ministro de asuntos exteriores japonés Mamoru Shigemitsu y el general Yoshijiro Umezu firmaron el instrumento formal de rendición del Imperio del Japón ante el general Douglas MacArthur y representantes de las potencias aliadas. El mariscal Vasilevski representó a la Unión Soviética en la ceremonia. La Segunda Guerra Mundial terminaba oficialmente 24 días después del inicio de la operación Tormenta de Agosto.

Pocas semanas antes de esa ceremonia en Tokio, cuando los informes del ejército de Kwantung comenzaron a describir penetraciones soviéticas en múltiples ejes simultáneos y una situación que los propios generales japoneses calificaban de oscura, las objeciones internas a la rendición incondicional perdieron fuerza de manera dramática. No fue la primera bomba atómica sobre Hiroshima el 6 de agosto ni la segunda sobre Nagasaki el 9 de agosto lo que por sí solas rompieron la voluntad del sector más recalcitrante del mando japonés. Fue la combinación de ambas con el colapso simultáneo de la última gran reserva continental del imperio.

Los historiadores han debatido durante décadas la pregunta de qué fue lo que realmente llevó a Japón a rendirse, las bombas atómicas o la entrada soviética en la guerra. La evidencia documental sugiere que ambos factores fueron necesarios. El Consejo Supremo de Guerra japonés, dividido entre los que querían condiciones y los que exigían continuar la lucha, solo alcanzó consenso cuando la combinación de destrucción nuclear e invasión soviética eliminó cualquier posibilidad realista de negociar desde una posición de fuerza.

La entrada soviética cerró la última vía diplomática viable que Japón estaba explorando, utilizar a la Unión Soviética como intermediaria para una rendición condicional.

El resultado operacional de la campaña fue categórico. El ejército de Kwantung, con sus más de 700. 000 soldados en Manchuria, sus ejércitos satelitales y sus estructuras de mando que habían tardado 14 años en construirse, dejó de existir como fuerza coherente en menos de dos semanas.

640. 000 hombres fueron capturados. Decenas de miles más murieron o quedaron dispersos.

Los estados títeres de Manchukuo y Mengjiang se desintegraron. El último emperador de Manchukuo, Puyi, el mismo que había sido el último emperador de la China imperial como niño en 1912, fue capturado en el aeropuerto de Mukden el 19 de agosto cuando intentaba huir a Japón y fue entregado a los soviéticos, quienes lo retuvieron cinco años antes de transferirlo a la China comunista.

Para la Unión Soviética, la campaña produjo las ganancias territoriales prometidas en Yalta y algo más. El control temporal de Manchuria y sus instalaciones industriales, cuyo desmontaje sistemático y traslado a territorio soviético comenzó de inmediato. Los sistemas industriales instalados en Manchuria por los japoneses durante 14 años de ocupación, fundiciones, plantas químicas, instalaciones eléctricas, equipamiento ferroviario, fueron cargados en trenes y enviados hacia el oeste.

El valor estimado de lo transferido, según historiadores económicos que han estudiado los registros soviéticos, ascendió a cientos de millones de dólares en valores de 1945. Para China, la campaña tuvo consecuencias que transformarían el continente. Las armas y equipamiento japonés capturado por el Ejército Rojo fue transferido en proporción significativa al Ejército Popular de Liberación de Mao Zedong, proporcionando a los comunistas chinos una capacidad militar que cambió el equilibrio de la guerra civil que se reanudó entre el Kuomintang de Chiang Kai-shek y los comunistas en 1946.

Cuatro años después, el 1 de octubre de 1949, Mao proclamaba la República Popular China desde la plaza de Tiananmen en Pekín.

El historiador militar David Glantz, cuya investigación exhaustiva a partir de los archivos soviéticos desclasificados en los años 1980 y 1990 constituyó la base del conocimiento académico occidental sobre la campaña, denominó a la operación August Storm, Tormenta de Agosto, en un artículo de 1983 que inauguró un debate académico todavía activo. La pregunta que Glantz planteó en ese texto permanece vigente. ¿Por qué una operación de tan enorme significación histórica permaneció prácticamente ignorada en los estudios occidentales sobre la Segunda Guerra Mundial durante casi cuatro décadas?

La respuesta tiene múltiples capas. El protagonismo estadounidense en el teatro del Pacífico, la dimensión dramática de las bombas atómicas, la inmediata transición a la Guerra Fría que convirtió a la Unión Soviética en adversario en lugar de aliado y la relativa opacidad de los archivos soviéticos durante décadas contribuyeron a marginar la campaña en el relato estándar. Japón, por su parte, tuvo razones propias para no enfatizar la magnitud de su derrota más rápida y total a manos del Ejército Rojo.

Manchuria, 1945 no fue un episodio periférico de la Segunda Guerra Mundial. Fue la ruptura final de la última ilusión japonesa, que existía todavía una salida negociada, un frente que pudiera sostenerse, una posición desde la cual el imperio podría aún dictar condiciones. Cuando esa ilusión se desintegró en las estepas mongolas y los bosques de Ussuri durante once días de agosto, la guerra terminó.