Los Horrores Inhumanos de la Batalla de Berlín | Documental

Los Horrores Inhumanos de la Batalla de Berlín | Documental

El rugir de la artillería soviética no cesaba sobre las ruinas humeantes de Berlín aquel 30 de abril de 1945, mientras las fuerzas del Ejército Rojo se preparaban para el asalto final al Reichstag, un edificio que se había convertido en el símbolo más codiciado de la caída del Tercer Reich. La orden era clara: capturar el edificio antes del desfile del Primero de Mayo en Moscú, una meta que impulsaba a los comandantes soviéticos a presionar sin descanso a sus tropas, ignorando las bajas que se acumulaban en cada metro de avance. Stalin, al ver que Berlín estaba completamente rodeada y sin posibilidad de escape para los nazis, había delegado las decisiones tácticas a sus generales en el terreno, permitiendo que la brutalidad de la ofensiva se desatara sin restricciones.

El Reichstag, más que un objetivo militar, era una pieza de propaganda, y su conquista debía ser el golpe final que demostrara al mundo la victoria absoluta del comunismo sobre el fascismo.

Los defensores alemanes, sabiendo que su causa estaba perdida, habían convertido el perímetro del Reichstag en una fortaleza de desesperación. Una red de trincheras, posiciones de combate y fortificaciones rodeaba el edificio, diseñadas para retrasar lo inevitable y causar el máximo daño posible a los atacantes. En el centro de la Konigsplatz, un túnel inundado, originalmente construido para la gigantesca Volkshalle de Albert Speer, se había llenado de agua filtrada del río Spree, una muestra más de la destrucción masiva que había convertido a Berlín en un paisaje apocalíptico.

Las cabezas de las cariátides de la fachada del Reichstag yacían esparcidas por el suelo, utilizadas por los soldados como improvisadas almohadas, en una escena que parecía sacada de una obra de Hieronymus Bosch, donde la muerte y la locura se entrelazaban en cada rincón.

A las seis de la mañana, después de un desayuno tenso en el que los soldados revisaban su equipo y verificaban sus armas, comenzó el ataque. La primera compañía, al avanzar apenas cincuenta metros, fue recibida por una feroz lluvia de fuego enemigo que los obligó a pegarse al suelo, buscando cualquier cobertura entre los escombros. Dos batallones intentaron avanzar con determinación, pero la mayoría de sus miembros cayó en combate, abatidos por el intenso fuego que no solo provenía del Reichstag, sino también del teatro de la ópera Kroll, ubicado en el lado opuesto de la plaza.

La situación se volvía crítica, y los comandantes soviéticos desplegaron una nueva división para atacar el teatro y despejar los edificios cercanos, en un intento desesperado por romper el cerco defensivo.

El fuego cruzado se intensificó, y llegaron refuerzos en forma de cañones autopropulsados y tanques que cruzaron el puente de Moltke para apoyar a la infantería que luchaba en la Konigsplatz. El ambiente estaba cargado de humo y polvo, producto de los constantes bombardeos, y la visibilidad era casi nula, haciendo imposible ver el cielo. La lucha era encarnizada, y los combatientes se enfrentaban a una ciudad que se desmoronaba a su alrededor, atrapados en una batalla por cada centímetro de terreno.

Otra edificación prominente que fue bombardeada fuertemente esa misma mañana fue el Ministerio del Aire de Göring, situado en la Wilhelmstrasse, cuya estructura de hormigón armado resistió el ataque, convirtiéndose en un punto de reunión para los miembros del partido nazi que pretendían ser parte de la gran batalla.

La mezcla de uniformes era asombrosa: junto a los de la Luftwaffe y las Waffen SS, se podían ver a miembros ancianos del Volkssturm, veteranos de la Primera Guerra Mundial, que parecían escapados de un museo de cera. En el búnker de Berlín, la mañana antes de la muerte de Hitler transcurrió de manera rutinaria, con oficiales entrando y saliendo en medio de la confusión y el caos, pero una sensación de tensión y desesperación impregnaba el ambiente. Preocupado por la posibilidad de que el veneno no hiciera efecto, Hitler había solicitado que se probara una cápsula de cianuro en su perro pastor alemán, Blondie, un compañero cercano durante los últimos años.

La relación de Hitler con los perros se remontaba a su juventud, cuando uno le había sido regalado en un momento de extrema pobreza, alimentando su obsesión por la lealtad incondicional, pero Blondie y sus cachorros no sobrevivirían a la ejecución que se les impuso, siendo sacrificados en el jardín de la Cancillería del Reich.

El temor a caer prisionero de los soviéticos era una de las mayores preocupaciones de Hitler en esos días finales. Las noticias sobre la ejecución de Mussolini, colgado de los pies en una plaza de Milán junto a su amante, le habían dejado profundamente perturbado, y había solicitado que se tomaran medidas para evitar que su cadáver fuera exhibido en Moscú, incluyendo la orden de incinerarlo inmediatamente. Sin embargo, a pesar de su obsesión por controlar su imagen póstuma, la situación había superado sus expectativas, y la preocupación por la forma en que la historia lo recordaría lo atormentaba incluso mientras se encontraba al borde de la muerte.

Eva Braun, su esposa recién adquirida, estaba decidida a acompañarlo en su destino final, pero si su voluntad de morir juntos hubiese flaqueado, Hitler habría tomado medidas para asegurarse de que no quedara viva, no solo por miedo a su sufrimiento, sino por el temor a que ella fuera capturada y sometida a tortura y humillación.

Para Hitler, la muerte no era solo una liberación, sino una resolución definitiva ligada a la idea de no dejar rastros que pudieran ser utilizados por sus enemigos. La necesidad de asegurar que su vida y su legado no cayeran en manos de los soviéticos lo impulsó a tomar decisiones drásticas, y a pesar de la descomposición de su régimen, la única forma de garantizar que el Tercer Reich no fuera utilizado como herramienta de propaganda para la victoria enemiga era asegurarse de que no quedara evidencia de su persona. En su mente, la muerte era el último acto de control que podía ejecutar, una manera de mantener el poder incluso después de su desaparición física.

Durante las últimas horas de la defensa de Berlín, la situación era desesperada, y el general Helmuth Weidling, un experimentado oficial militar alemán asignado como comandante de la defensa, calculó que la resistencia de la ciudad podría colapsar en cuestión de horas debido a la falta de munición y la presión imparable de las fuerzas aliadas.

Tras recibir la noticia de que no llegaría ayuda alguna, Weidling se enfrentó a una batalla perdida, y mientras la ciudad se desmoronaba bajo los intensos bombardeos, el Brigadeführer Mohnke informó que la caída era inminente. Weidling, consciente de la desesperada situación, volvió a pedir permiso para organizar una evacuación, pero las órdenes de Hitler llegaban de forma confusa y sin sentido. En un acto de resignación, Eva Hitler le dio a su secretaria, Traudl Junge, un último regalo simbólico, una capa de zorro plateado que jamás usaría, mientras la imagen de una ciudad en ruinas y el final cercano se sentía en el aire.

Weidling, abrumado por el desgaste físico y psicológico de la batalla, regresó al Bendlerblock, el cuartel general de la defensa, y no tardó en recibir un mensaje directo de Hitler, en el que se le ordenaba que no considerara la rendición bajo ninguna circunstancia.

Antes de la comida, Hitler convocó a su ayudante personal, Otto Günsche, y le dio instrucciones específicas sobre lo que debía hacerse con su cadáver y el de Eva. La preparación de estos detalles reflejaba la certeza de que su fin estaba cerca, y la investigación posterior llevada a cabo por el SMERSH reveló que el chófer de Hitler, Erich Kempka, había recibido órdenes el 29 de abril para transportar bidones de gasolina desde el garaje de la cancillería, lo que indicaba la planificación minuciosa para lo que estaba por ocurrir. Esa misma tarde, Hitler almorzó con su dietista y sus dos secretarias, y a pesar de la gravedad de la situación, la atmósfera durante la comida fue extrañamente tranquila.

Eva Hitler, sin embargo, no participó en el almuerzo, ya que había perdido el apetito, una señal de su angustia y de lo que se avecinaba.

Después de la comida, Hitler se retiró al dormitorio de Eva, y poco después, ambos emergieron para encontrarse en el pasillo donde Günsche había reunido al círculo cercano del Führer, incluyendo a Goebbels, Bormann y los generales Krebs y Burgdorf, así como las dos secretarias. Era una despedida silenciosa, con gestos breves y una atmósfera cargada de tensión, mientras Magda Goebbels, visiblemente angustiada, se quedó en la habitación del búnker que había pertenecido al Dr. Morel.

Hitler, como siempre, llevaba su uniforme militar característico, y Eva un vestido oscuro con flores rosas, mientras el Führer saludaba a sus allegados con una expresión distante antes de alejarse para dar paso a la última etapa de su vida. Los momentos eran tensos, como si el aire en el búnker estuviera cargado de desesperación y resignación, pero a pesar de la gravedad del momento, desde el comedor de la cancillería se podía escuchar un bullicio inusual.

Rochus Misch, el telefonista de las SS, fue enviado a interrumpir aquella algarabía, pero no obtuvo respuesta, y posteriormente otro guardia fue enviado a la planta superior para apagar la celebración. Mientras tanto, Günsche permanecía en el pasillo, vigilando que el Führer tuviera privacidad en sus últimos momentos, y en un intento de acercarse a Hitler, Magda Goebbels, entre sollozos, trató de ingresar al cuarto, pero fue detenida por Günsche. Parece que nadie escuchó el disparo que acabó con la vida de Hitler, y alrededor de las 3:15 de la tarde, Heinz Linge, el ayudante de cámara de Hitler, entró en la sala de estar acompañado por Günsche, Goebbels, Bormann y Axmann.

Los demás, fuera de la habitación, se asomaban para ver lo que sucedía antes de que la puerta se cerrara detrás de ellos, y Gunche y Linge retiraron el cuerpo de Hitler envuelto en una manta de la Wehrmacht, llevándolo por el pasillo y subiendo por las escaleras hasta el jardín de la Cancillería del Reich.

El cuerpo de Eva Hitler, cuyas facciones permanecían rígidas debido al veneno que había ingerido, fue traído y colocado junto al de su esposo en las cercanías de la salida del búnker, y los cadáveres fueron empapados con gasolina de los bidones cercanos. Goebbels, Bormann, Krebs y Burgdorf se acercaron para rendirle su último homenaje, levantando el brazo en el saludo hitleriano, y con solemnidad lanzaron un trozo de papel o trapo encendido sobre los cuerpos, completando el ritual macabro mientras los cuerpos se incendiaban. Fuera del búnker, uno de los guardias de las SS, que había estado bebiendo con los demás en el comedor, observó la escena desde una puerta lateral y, emocionado, corrió escaleras abajo hacia el búnker para decirle a Misch: “El jefe está ardiendo, ¿vienes a echar un vistazo?”.

El amanecer del primero de mayo en Berlín sorprendió a las exhaustas tropas soviéticas que descansaban dispersas en las aceras o apoyadas contra las paredes de los edificios. La intérprete Yelena Rzhevskaya, que aguardaba la caída de la Cancillería del Reich, observó a un soldado dormido en posición fetal, utilizando un trozo de puerta rota como almohada improvisada, mientras los pocos que se habían despertado estaban ocupados ajustándose sus vendas, ajenos a la noticia de la muerte de Hitler ocurrida la tarde anterior. Algunos seguían burlándose de los soldados alemanes gritándoles “Hitler durak”, mientras en el bando alemán, la noticia de la muerte del líder nazi se mantuvo en secreto durante toda la noche y por la mañana se transmitió a algunos oficiales de alto rango.

El general de brigada Mohnke de las SS no pudo evitar emplear un tono solemne al comunicarlo a Kukenberg, diciéndole: “Un brillante cometa ha dejado de brillar”.

Los oficiales aguardaban noticias sobre las negociaciones, pero la reanudación repentina del bombardeo a media mañana dejaba claro el fracaso de los intentos del general Krebs por conseguir una tregua. Los comandantes soviéticos insistieron en aceptar la rendición incondicional, una idea que Goebbels había rechazado tajantemente, mientras los lanzacohetes Katyusha y la artillería del tercer ejército de choque, el octavo ejército de guardias y el quinto ejército de choque continuaban castigando los edificios semidestruidos. Tras semanas de aislamiento en el búnker, rodeado de ruinas y con la caída de la ciudad a la vista, Goebbels, junto a su esposa Magda y sus seis hijos, presenció el colapso del Tercer Reich, viviendo bajo condiciones extremas con el constante rugir de los bombardeos y la presión de la derrota inminente.

Los niños no temían quedar huérfanos, ya que sus padres tenían la intención de asegurar su destino antes de que pudieran quedar a merced de la situación, y parecían disfrutar de la inusual vida en el búnker, con Helmut, el mayor, comentando las explosiones como algo emocionante.

Tío Adolf, como lo llamaban los niños, los había consentido con golosinas y bocadillos, sirviéndolos en una mesa decorada con un mantel cuidadosamente almidonado, y tenían acceso exclusivo al baño privado del búnker. No obstante, la decisión de sus padres ya estaba tomada, y en la noche del 27 de abril, Magda Goebbels se acercó al médico de las SS, Helmut Kunz, para hablar de un asunto serio, explicándole que dada la situación, lo más probable era que ambos tendrían que tomar medidas extremas con los niños. Los niños de los Goebbels no comprendían lo que había ocurrido aquel fatídico 30 de abril, aunque el evidente nerviosismo de su madre les daba pistas de que algo terrible había sucedido, y nadie había pensado en alimentar a los pequeños hasta que Traudl Junge se dio cuenta de la desatención.

Mientras los cuerpos en llamas aún eran visibles en los jardines destruidos de la cancillería, muchos dentro del búnker comenzaron a relajarse y algunos no dudaron en recurrir al alcohol de manera excesiva.

Bormann, por su parte, estaba concentrado en la sucesión del régimen y el futuro del nacionalsocialismo, enviando un mensaje a Dönitz para informarle que había sido nombrado el nuevo sucesor de Hitler, sin mencionar la muerte del Führer, tal vez porque sabía que su poder dependía de él. La situación empeoró cuando Himmler, que estaba con Dönitz en Plön, no había sido arrestado por traición, y para Bormann, salir de Berlín era crucial si quería tener alguna posibilidad de jugar un papel en el nuevo gobierno nazi. Al darse cuenta de que la situación estaba llegando a su fin, Goebbels convocó al médico de las SS, Kunz, quien había accedido a ayudar en una tarea difícil, y en ese momento, Goebbels se encontraba en su despacho en el búnker, conversando con Naumann, secretario de Estado del Ministerio de Propaganda.

Kunz esperó un rato hasta que ambos salieron y lo dejaron a solas con Magda Goebbels, quien le explicó que con la muerte de Hitler ya no tenían otra opción que actuar rápidamente.

Kunz sugirió que tal vez los niños podrían ser llevados a un lugar seguro, pero Magda se negó, y poco después, Goebbels regresó al despacho y le pidió al médico que ayudara a su esposa en sus planes. Kunz intentó nuevamente sugerir que los niños podían ser puestos a salvo, pero Goebbels fue firme en su respuesta: “Eso no es posible. Son los hijos de Goebbels”.

Tras estas palabras, Goebbels salió de la sala, y el médico permaneció con Magda, quien con calma se preparaba para lo que debía hacer. Al regresar, Goebbels comentó que los rusos podrían llegar en cualquier momento, lo que les obligaba a actuar con rapidez, y Magda se dirigió a la habitación de los niños tomando un pequeño vial, explicándoles que sería algo necesario para su bienestar. Los niños confiaron en su madre y no mostraron preocupación, sin saber que esta sería la última vez que se acostarían tranquilos.

Magda salió de la habitación, dejando a los pequeños descansando, y el médico comenzó a administrarles morfina, pero Kunz le expresó que no podría llevar a cabo el envenenamiento de los niños mientras estaban dormidos. Magda Goebbels le sugirió que buscara a Stumpfegger, el médico personal de Hitler, y junto con él administraron la sustancia y terminaron la tarea. Una vez que terminaron, Stumpfegger se retiró y Kunz bajó al estudio de Goebbels con su esposa, donde el ministro de propaganda caminaba de un lado a otro, visiblemente nervioso.

“Ya hemos terminado con los niños”, le dijo Magda. “Ahora debemos pensar en nosotros”. “Apresurémonos”, respondió él.

“Nos queda poco tiempo”. Magda Goebbels tomó la banda dorada del partido que Hitler le había dado el 27 de abril como símbolo de su respeto, así como la pitillera de metal con la inscripción “Adolf Hitler, 29 de mayo de 1934”, y junto con su ayudante Günther Schwägermann salieron al jardín.

Tomaron dos pistolas y en un acto conjunto se pusieron uno al lado del otro, tomando una decisión final, y Schwägermann les ayudó a cumplir su intención, dejando las pistolas junto a ellos y prendiendo la última pira funeraria del Tercer Reich. En las primeras horas de la madrugada, los generales Krebs y Burgdorf, sentados frente a frente en el búnker del Führer, tomaron la decisión de acabar con todo con sus pistolas Luger, y Rochus Misch, probablemente el último miembro de la Leibstandarte de las SS en abandonar el edificio, los encontró caídos uno junto al otro. Después de haber consumido una considerable cantidad de coñac, fueron afortunados de que su decisión no resultara en una tragedia aún mayor debido a la falta de precisión causada por el alcohol.

El capitán Schedle, jefe de la guardia de la Leibstandarte en la cancillería, también tomó la misma decisión, incapaz de huir con el grupo de Bormann debido a una herida en su pie.

A excepción de los médicos, las enfermeras y los heridos que permanecían en los sótanos, el edificio estaba casi vacío cuando Misch salió con cautela al exterior. La población alemana, sin embargo, ya no tenía fuerzas para preocuparse por símbolos, y los civiles cubrían los cuerpos de los soldados caídos con periódicos o trozos de uniforme mientras formaban largas colas frente a las cocinas de campaña del Ejército Rojo, que comenzó a distribuir comida bajo las órdenes del general Bersarin. A pesar de que en ese momento las regiones centrales de Asia soviética atravesaban una grave crisis alimentaria que había llevado a algunos a recurrir al canibalismo, esto no afectó en absoluto la nueva estrategia de intentar ganar la confianza del pueblo alemán.

Sin embargo, el cambio en la política del partido aún no había llegado a las bases más humildes, y el sufrimiento personal y el miedo al futuro se reflejaban de manera similar en los hombres y jóvenes a punto de ser deportados como en las mujeres y muchachas que quedaban atrás.

En las calles se podía ver a prisioneros, policías, clérigos, ancianos y escolares que aún eran casi niños, y muchos de los hombres caminaban junto a sus esposas, algunas de ellas jóvenes y hermosas, que trataban de animar a sus maridos con risas y palabras de aliento. Un soldado joven llevaba a dos niños, un niño y una niña, y los guardianes se comportaban con ellos con gran corrección, mientras los rostros de todos reflejaban tristeza, pero recibían pan y agua de los soldados. En el Tiergarten, un soldado alemán herido estaba sentado en un banco con una asistente médica en sus brazos, y ambos no miraban a su alrededor, pareciendo haber perdido toda conexión con el mundo que los rodeaba.

Ese día nublado, frío y lluvioso marcó sin duda el colapso de Alemania, rodeada de humo entre las ruinas ardiendo y los cientos de cadáveres que llenaban las calles, algunos de los cuales habían sido aplastados por los tanques.

Se vio a una anciana sin vida, con la cabeza apoyada contra una pared, sentada en un colchón cerca de una puerta principal, con una expresión de dolor callado y eterno, pero no muy lejos de allí, los rusos quedaron sorprendidos por la minuciosidad de las Hausfrauen, las amas de casa alemanas, que en las calles donde la calma se había restablecido, retiraban y barrían los escombros, limpiando las aceras con escobas como si estuvieran en el interior de una habitación. En Berlín, la búsqueda del cadáver de Hitler continuaba sin éxito, y no fue hasta el 3 de mayo cuando se encontró finalmente el paradero de los seis hijos de Goebbels, hallados en un lugar apartado donde estaban descansando, en lo que parecía un intento de resguardarlos de la situación. El SMERSH convocó al vicealmirante Voss para que identificara a las víctimas, y al parecer quedó completamente desolado ante la escena.

Ese mismo día, un hecho extraño ocurrió cuando los generales del Primer Frente Bielorruso visitaron la Cancillería del Reich y encontraron el cadáver de un hombre con un bigote de cepillo y flequillo diagonal, pero fue descartado de la investigación al encontrarse que sus calcetines estaban zurcidos, lo que todos coincidieron en que Hitler jamás habría llevado calcetines remendados. Stalin, al enterarse de que varios soldados rasos habían visto el cadáver de Goebbels, ordenó castigar a los oficiales responsables, y al abordar el misterio que rodeaba la identificación del cuerpo de Hitler, la intérprete Rzhevskaya destacó que el sistema de Stalin necesitaba enemigos, tanto internos como externos, por lo que temía relajar la tensión. Posiblemente la idea era utilizar un doble para probar algún tipo de conspiración anticomunista, y al día siguiente, cuando finalmente encontraron el verdadero cadáver de Hitler, llegaron órdenes del Kremlin prohibiendo cualquier mención al asunto.

La estrategia de Stalin era asociar a Occidente con el nazismo, sugiriendo que los británicos o estadounidenses estaban ocultando al líder nazi, y ya circulaban rumores en los altos mandos que afirmaban que Hitler había escapado en el último momento a través de túneles o por vía aérea con Hanna Reitsch y se encontraba escondido en Baviera bajo control estadounidense. Esta propaganda formaba parte de las sospechas de Stalin de que los aliados occidentales pudieran terminar firmando un pacto con los nazis a sus espaldas, y el 5 de mayo, tras más interrogatorios, se hallaron finalmente los cadáveres de Hitler y Eva Braun. Ese día ventoso y nublado, se registró nuevamente el jardín de la Cancillería del Reich con más detalle, y un soldado encontró un trozo de manta gris entre la tierra acumulada en el fondo de un cráter causado por un proyectil, exhumando dos cuerpos carbonizados junto a un pastor alemán y su cachorro.

El general Badis fue informado de inmediato, y antes del amanecer del día siguiente, el capitán Deryabin y un conductor envolvieron los cuerpos de Hitler y Eva Braun en sábanas y los sacaron discretamente del cordón de seguridad establecido por Bersarin, trasladándolos a la base del SMERSH en Buch, en el extremo noreste de Berlín. Allí, en una pequeña clínica de ladrillo donde se habían reunido para examinar el cadáver de Goebbels, el coronel Klevski y otros forenses comenzaron a investigar los restos más significativos del Tercer Reich, y según relató Rzhevskaya, los expertos forenses se mostraron confundidos al recibir órdenes de mantener en un absoluto y eterno secreto todo lo relacionado con el cadáver de Hitler. No está claro si Telegin estaba al tanto del hallazgo, pero lo cierto es que Beria lo hizo arrestar más tarde por otros motivos, y ni Bersarin ni Chukov fueron informados de que el cuerpo había sido encontrado, sintiéndose Chukov traicionado cuando lo supo muchos años después.

Badis ordenó realizar más verificaciones para asegurarse de que realmente poseían el cadáver auténtico antes de informar a Beria y Stalin, y sus hombres encontraron a la asistente del dentista de Hitler, quien examinó las mandíbulas del cráneo que se había encontrado y confirmó que efectivamente pertenecían al Führer, basándose en un puente dental que ella misma había realizado. Las mandíbulas habían sido separadas con el propósito de guardarlas en una caja forrada de satén rojo, y la muerte de Hitler, aunque no significó el fin inmediato de la guerra en Europa, aceleró los eventos que llevaron a su conclusión. Las fuerzas alemanas en el norte de Italia y el sur de Austria, que sumaban casi un millón de hombres, se rindieron el 2 de mayo, y Churchill intentó llegar rápidamente a Fiume para asegurar Trieste antes de que fuera tomada por las fuerzas partisanas yugoslavas de Tito.

El segundo ejército británico fue el primero en llegar a la costa báltica de Schleswig-Holstein, avanzando rápidamente al norte del Elba hacia Lübeck y Travemünde, y las fuerzas aliadas se prepararon para avanzar de inmediato y liberar Dinamarca. El segundo frente bielorruso de Rokossovsky, que no pudo tomar Dinamarca como trofeo, ya había ocupado toda la región de Mecklemburgo, pero su avance fue menos efectivo en términos de prisioneros, lo que causó irritación entre los soviéticos, ya que las fuerzas del tercer ejército Panzer de Manteuffel y el 21 ejército de von Tippelskirch se dirigieron al oeste para rendirse a los británicos. Estas rendiciones masivas a los aliados occidentales privaron a la Unión Soviética de los prisioneros de guerra que esperaba utilizar como mano de obra forzada para compensar los daños sufridos durante la invasión alemana, y poco después de la rendición final, Eisenhower, aún cauteloso de desafiar al Kremlin, informó a la STAVKA que todas las tropas alemanas serían entregadas al Ejército Rojo.

Stalin veía la captura de Berlín como una victoria legítima, aunque pronto se dio cuenta de que las recompensas fueron mínimas y las pérdidas considerables, y uno de los principales objetivos era el Reichsbank de Berlín, donde se esperaba encontrar 2,389 kg de oro, 12 toneladas de monedas de plata y millones en billetes provenientes de los países ocupados. Sin embargo, gran parte de las reservas de oro de los nazis ya había sido trasladada hacia el oeste, y posteriormente Serov fue acusado de haber desviado parte de los recursos obtenidos para gastos operativos del NKVD. El principal objetivo del NKVD era apoderarse de todos los laboratorios, talleres y fábricas alemanas, y se entregó una lista detallada de materiales necesarios para los laboratorios forenses de la policía soviética, siendo uno de los proyectos clave la operación Borodino, destinada a avanzar en el desarrollo de armas nucleares soviéticas.

También se hicieron esfuerzos para capturar a los científicos responsables del cohete V-2, los ingenieros de Siemens y otros técnicos especializados que pudieran contribuir a la industria militar soviética, aunque pocos científicos como el profesor Jun y su equipo resistieron la presión soviética negándose a colaborar en el desarrollo del gas nervioso. La mayoría disfrutó de condiciones relativamente favorables y tuvo derecho a trasladar a sus familias a la Unión Soviética, pero a pesar de la gran cantidad de objetos trasladados a Moscú, la mayoría resultaron ser inútiles, ya que requerían instalaciones especializadas y materias primas de alta calidad. Como observó un científico soviético que participó en el desmantelamiento de Berlín, el socialismo no puede beneficiarse ni siquiera con toda la infraestructura tecnológica de otro país, y el proceso de desmantelamiento de los laboratorios y fábricas fue un caos absoluto.

Los soldados del Ejército Rojo que encontraron alcohol metílico lo probaron y lo compartieron entre ellos, y las piezas de los talleres fueron saqueadas por grupos de mujeres alemanas que las dejaron al aire libre, lo que provocó que se oxidaran rápidamente. Incluso cuando parte de este material fue finalmente transportado a la Unión Soviética, no estaba en condiciones de ser utilizado, y la teoría estalinista de expropiación industrial resultó ser prácticamente inútil. Además, el Ejército Rojo adoptó una actitud muy poco racional hacia la propiedad alemana en general, y los prisioneros de guerra franceses quedaron sorprendidos al presenciar la destrucción sistemática de maquinaria en buen estado que aún podía ser reutilizada, lo que supuso un derroche masivo de recursos y condenó a la Alemania ocupada por los soviéticos a un retraso que nunca pudo superar.

El saqueo llevado a cabo por los soldados era tan salvaje como el que se había visto en Prusia Oriental, pero con un toque más exótico, y los generales soviéticos actuaban como bajás turcos, según describió Vasili Grossman, quien observó cómo uno de los comandantes del cuerpo de Chuikov había adquirido dos preciosos perros salchicha, un loro, un pavo real y una gallina de Guinea que viajaban con él. Pronto comenzaron a aparecer en Berlín niños rusos, algunos de no más de doce años, que se unieron al saqueo, y al ser arrestados, dos de ellos admitieron haber viajado todo el trayecto desde Berlín hasta Bologoye, una ciudad situada al norte de Moscú. No sorprendió tanto que los trabajadores foráneos participaran en considerables actos de pillaje en las zonas liberadas, tal como lo mencionaba un informe estadounidense, pero se destacó que gran parte de los saqueos atribuidos a los extranjeros en realidad eran llevados a cabo por los propios alemanes.

Los alemanes, sumidos en un odio y miedo visceral hacia los prisioneros de trabajos forzados, se sintieron aterrados al ver que las autoridades de los aliados occidentales insistían en darles prioridad en la distribución de alimentos, y se dice incluso que el obispo de Münster llamaba rusos a todos los desplazados y pedía que los aliados proporcionaran a los alemanes protección ante estas gentes inferiores. Sin embargo, lo que sorprendió a los alemanes fue que, a pesar de la difícil situación que los prisioneros de trabajos forzados habían atravesado desde su deportación a Alemania, su nivel de violencia era sorprendentemente bajo. En Berlín, los sentimientos de la población civil eran complejos y contradictorios, y aunque resentidos por los saqueos y las violaciones, los berlineses también mostraban sorpresa y agradecimiento por los esfuerzos del Ejército Rojo para proporcionarles alimentos, ya que la propaganda nazi les había inculcado la idea de que los soviéticos los someterían a una muerte por hambre sistemática.

El general Bersarin, al salir a las calles y conversar con los berlineses que esperaban frente a las cocinas de campaña soviéticas, se ganó rápidamente la admiración de los civiles, algo que ya había conseguido entre sus propias tropas, y su trágica muerte en un accidente de moto causado por un conductor ebrio causó gran consternación y dio pie a rumores entre los alemanes, quienes especularon que había sido asesinado por el NKVD. Sin embargo, lo que más sorprendió a los berlineses fue una forma menos altruista de ayuda alimentaria: los soldados soviéticos llegaban con trozos de carne y pedían a las amas de casa que los cocinaran a cambio de una porción, deseando sentarse a la mesa en una auténtica casa y llevando siempre algo de alcohol consigo. Después de la comida, era costumbre que todos brindaran solemnemente por la paz, y luego los soldados solían insistir en brindar por las damas, mientras la Segunda Guerra Mundial cambiaba sus vidas para siempre.

Los soldados soviéticos parecían cargar con una sensación de culpa inexplicable por ser los sobrevivientes, y al recordar a sus compañeros caídos, les resultaba extraño seguir vivos al final del conflicto, abrazándose entre sí como hermanos, aliviados por la victoria. La paz que siguió a la batalla los dejó inquietos, y muchos no podían dormir tranquilamente, incluso semanas después del cese de los combates, ya que el extraño silencio que los rodeaba los desorientaba y necesitaban procesar todo lo que había sucedido. No había duda de que lo vivido por los soldados representaba el periodo más crucial no solo de sus vidas, sino también de la historia mundial, y pensaban en sus hogares, en sus novias y esposas, y en cómo pronto serían respetados miembros de la comunidad.

Sin embargo, para las mujeres soldados las perspectivas eran menos alentadoras, había menos hombres disponibles y aquellas que estaban embarazadas sabían que tendrían que afrontar la situación con valentía.

La mayoría regresó a casa después de dar a luz y afirmó que su esposo había muerto en el frente, y la guerra había sido una experiencia única, ofreciendo una extraña sensación de libertad después de las purgas de 1937 y 1938, lo que hacía pensar que el terror había sido erradicado por completo. El fascismo había sido derrotado, Trotsky había muerto y se habían firmado acuerdos con potencias occidentales, por lo que no parecía haber ninguna razón para que el NKVD mantuviera su actitud paranoica. Sin embargo, al regresar a la Unión Soviética, los soldados pronto se dieron cuenta de que los informantes volvían a trabajar y los pelotones del NKVD retomaban sus redadas nocturnas tras el arresto repentino de algún amigo.

La cercanía de la muerte en el frente contribuyó a eliminar en gran medida el miedo condicionado por el estalinismo, y oficiales y soldados se volvieron más sinceros, especialmente respecto a sus aspiraciones para el futuro.

Los que venían de zonas rurales deseaban eliminar las granjas colectivas, y los oficiales que habían adquirido primacía sobre los agentes políticos desde el otoño de 1942 creían que era hora de que la élite burocrática soviética, la nomenklatura, se enfrentara a una reforma similar. Cínicamente, Stalin había fomentado durante la guerra rumores de este tipo, creando la ilusión de una mayor libertad, aunque su verdadera intención era sofocar cualquier atisbo de ella una vez terminada la guerra. A medida que se acercaba la victoria, los oficiales del Ejército Rojo comenzaron a volverse más confiados, y tanto el SMERSH como el NKVD se preocuparon por esta actitud, ya que los agentes políticos no habían olvidado los conflictos previos con los mandos del Ejército Rojo, especialmente durante la batalla de Stalingrado.

Ahora estaban en alerta ante las cartas de los soldados que comparaban las condiciones de vida en Alemania con las de su propio país, y el SMERSH, bajo el mando de Abakumov, temía que el espíritu decembrista resurgiera entre los oficiales.

Las autoridades soviéticas estaban muy conscientes de que los soldados rusos que invadieron Francia en 1814 también hicieron comparaciones entre la vida en ese país y la miseria de su propio entorno, y un informe decía que en esa época la vida francesa mostraba un avance cultural, lo que permitió a los rusos ver las carencias de su país y los inspiró a luchar contra el absolutismo. Hoy, según el informe, la situación era distinta, y si bien algunas propiedades privadas podían parecer más ricas que las granjas colectivas, esto podría llevar a algunas personas a pensar que la economía feudal era preferible a la socialista, subrayando que estas ideas debían ser combatidas con fuerza. Entre 1944 y 1945, las detenciones por motivos políticos en el Ejército Rojo aumentaron considerablemente, y en 1945, cuando la guerra en realidad había durado solo unos pocos meses para la Unión Soviética, se condenaron al menos a 135,05 soldados y oficiales por crímenes contrarrevolucionarios.

Además, la Junta Militar del Tribunal Supremo condenó a 123 jefes en 1944 y a 273 en 1945, cifras que no incluyen el trato recibido por los soldados del Ejército Rojo que fueron capturados por los alemanes. En mayo de 1945, Stalin ordenó que se crearan campos de concentración para recluir a los prisioneros de guerra y deportados soviéticos, planeando 100 campos, cada uno con capacidad para 10,000 personas, donde serían investigados por el NKVD, la NKGB y el SMERSH. De los 80 generales del Ejército Rojo que habían sido capturados por los alemanes, solo 37 sobrevivieron hasta ser liberados, pero luego el SMERSH arrestó a 11 de ellos, quienes fueron condenados por tribunales del NKVD.

El proceso de repatriación no se completó hasta diciembre de 1946, y para entonces, más de 5 millones y medio de personas habían regresado a la Unión Soviética, incluyendo a 1,800,000 prisioneros de guerra, pero más de un millón y medio de soldados del Ejército Rojo capturados por los alemanes fueron enviados al Gulag o a trabajos forzados en Siberia.

Los civiles que habían sido llevados a Alemania fueron considerados enemigos potenciales del Estado y sometidos a vigilancia del NKVD, prohibiéndoseles acercarse a ciudades importantes como Moscú, Leningrado o Kiev, y sus familias continuaron siendo vigiladas. Incluso en 1998, los formularios para ingresar a un instituto de investigación ruso incluían preguntas sobre si algún miembro de la familia había estado en un campo de prisioneros enemigos. Stalin y sus mariscales no mostraban consideración por la vida de sus soldados, y durante la toma de Berlín, las bajas fueron altísimas, con 78,290 muertos y 274,184 heridos entre los tres frentes que participaron en la ofensiva.

Los historiadores rusos hoy reconocen que estas pérdidas, que no deberían haber sido tan grandes, fueron causadas en parte por el deseo de llegar a Berlín antes que los aliados occidentales y en parte por el hecho de que se enviaron demasiados ejércitos para asaltar la ciudad, lo que provocó que algunos se bombardearan entre sí.

El trato a los soldados mutilados que regresaron de la batalla fue igualmente insensible, y los más afortunados tuvieron que esperar largas horas para conseguir prótesis que no eran mejores que las piernas de palo de los soldados heridos en la batalla de Borodino. Las autoridades de las grandes ciudades, no queriendo ver sus calles llenas de personas mutiladas, decidieron reunir a estos soldados y enviarlos a campos de concentración, y muchos fueron deportados a Belaya Zemlya en el norte del país, como si fueran prisioneros del Gulag. La ira y la frustración en la Unión Soviética durante ese verano tomaron diversas formas, siendo las más graves crueles brotes de antisemitismo, con judíos en Asia Central atacados repentinamente en mercados y escuelas.

Se escuchaban gritos de parte de los habitantes de los pueblos, diciendo “Esperad a que vuelvan nuestros chicos del frente. Entonces mataremos a todos esos judíos”, y las autoridades locales simplemente calificaban estos actos como gamberrismo, dejando los crímenes impunes en muchos casos.

Es complicado determinar hasta qué punto el antisemitismo de Stalin fue un reflejo de su odio hacia Trotsky o si se basaba en creencias más profundas, pero al parecer, debido al enfoque internacionalista de Trotsky, Stalin veía a los judíos como parte de una red global, lo que despertaba su desconfianza. El concepto de cosmopolitismo era visto como sinónimo de traición, y esto se intensificó con la histeria antisemita alimentada por la llamada conspiración de las batas blancas cerca del final de su vida. A pesar de su origen georgiano, Stalin adoptó posturas muy cercanas al chovinismo ruso, asumiendo un rol similar al de otros líderes extranjeros como Napoleón o Hitler, quienes también se apoyaron en el nacionalismo.

En un discurso famoso de mayo de 1945, elogió a los rusos por encima de las demás naciones de la Unión Soviética, destacando su mente clara, energía y carácter firme, un discurso dirigido principalmente a las naciones del sur, muchas de las cuales sufrieron deportaciones brutales bajo su mando.

A diferencia de Hitler, sin embargo, Stalin no estaba motivado por un deseo racial de exterminio, sino más bien por una visión pragmática y política, y aunque el triunfo ruso debía mantenerse como el centro de la narrativa, el programa ideológico del partido rendía homenaje a un solo hombre, “nuestro inigualable genio, líder de nuestras tropas, el camarada Stalin, a quien debemos nuestra victoria histórica”. Stalin se aseguraba de dejar notar su presencia cada vez que la victoria estaba cerca, pero se apartaba rápidamente cuando se producía algún desastre, especialmente si él mismo era responsable de ello, y los comandantes siempre debían reconocer su sabiduría y liderazgo. Stalin se volvía cada vez más desconfiado si algún soviético recibía elogios en el extranjero, y probablemente se sentía aún más receloso ante los numerosos halagos que le dedicaban los medios británicos y estadounidenses, temiendo el poder de Beria pero preocupándole aún más la popularidad de Zhukov y el Ejército Rojo.

Cuando Eisenhower visitó la Unión Soviética, Zhukov lo acompañó en todo momento, incluso volando con él a Leningrado en el avión privado del general estadounidense, y en todas partes los dos comandantes recibían una cálida bienvenida. Más tarde, Eisenhower invitó a Zhukov y a su mujer de campaña, Lydia Zaitseva, a visitar Estados Unidos, pero Stalin convocó a Zhukov de inmediato a Moscú para frustrar el viaje, convencido de que el mariscal había establecido estrechas relaciones con el comandante aliado. A pesar de que Zhukov era consciente de los intentos de Beria por debilitarlo, no sabía que la mayor amenaza provenía de los celos de Stalin, y en junio de 1945, durante una rueda de prensa en Berlín, le preguntaron sobre la muerte de Hitler y se vio obligado a admitir que aún no se había encontrado un cadáver que pudiera ser identificado.

A principios de julio, Stalin lo llamó nuevamente para preguntarle sobre el paradero del cuerpo, un juego de manipulación que le proporcionaba un placer evidente a Stalin.

Veinte años después, cuando Zhukov finalmente descubrió la verdad a través de Rzhevskaya, le costó aceptar que Stalin lo hubiese humillado de esa forma, e insistió en que era uno de los allegados de Stalin y que, si bien Beria y Abakumov querían deshacerse de él, Stalin lo había salvado. Aunque Abakumov, jefe del SMERSH, podría haber sido el motor principal de las acciones contra Zhukov, Stalin estaba al tanto de lo que ocurría y aprobaba la situación, mientras en Moscú el pueblo aclamaba a Georgi Konstantinovich Zhukov, a quien se referían como “nuestro San Jorge, el patrón de la capital soviética”. Tras las celebraciones del 9 de mayo, un día de alegría y alivio pero también de muchas lágrimas, se organizó un gran desfile en la Plaza Roja para conmemorar la victoria, con regimientos de los diferentes frentes, unidades de la Armada y las Fuerzas Aéreas soviéticas, y la bandera que se había izado sobre el Reichstag, ahora convertida en un símbolo de culto, formó parte del evento.

También fueron reunidas banderas alemanas, las cuales fueron llevadas a Moscú por razones distintas, y los mariscales y generales soviéticos asumieron que Stalin encabezaría el desfile del 24 de junio, ya que era el comandante supremo y se consideraba el principal responsable de la victoria. Sin embargo, la tradición rusa dictaba que los desfiles triunfales debían ser liderados por un hombre a caballo, y Zhukov, un antiguo miembro de la caballería, aceptó encabezar el desfile después de que Stalin, debido a un incidente con su caballo, le cediera el honor. Stalin había intentado montar un semental árabe, pero cayó y se lesionó, y su hijo Vasili le confió a Zhukov que Stalin había decidido que fuera él quien encabezara el desfile.

El día del evento, el cielo estaba lluvioso y el ambiente entre los moscovitas era solemne, con comentarios sobre cómo el cielo lloraba por los muertos, mientras Zhukov, montando el semental árabe, avanzó con su caballo desde el Kremlin hacia la Plaza Roja.

El momento culminante del desfile fue cuando 200 veteranos marcharon hasta el mausoleo de Lenin y arrojaron las banderas nazis a los pies de Stalin, pero aunque rodeado de aplausos, Zhukov no sabía que Abakumov estaba organizando su caída. El resentimiento de Alemania tras su derrota estaba profundamente enraizado en la confusión emocional e intelectual que siguió a la Primera Guerra Mundial, y la idea de que el mundo estaba contra el pueblo alemán se convirtió en una especie de profecía autocumplida. Los interrogadores estadounidenses y británicos quedaron sorprendidos al escuchar a los altos mandos de la Wehrmacht, quienes mostraban una actitud de inocencia ofendida, convencidos de que los aliados occidentales habían malinterpretado sus intenciones, aceptando que pudo haber habido errores pero no considerando que hubieran cometido crímenes.

La nueva dinámica que surgió con la Guerra Fría llevó a muchos miembros de la Vieja Guardia del Tercer Reich a convencerse de que no eran culpables de más que haber elegido un momento muy inoportuno para sus decisiones.

Sin embargo, unas tres décadas después de la derrota, el avance del debate histórico y el milagro económico de Alemania ayudaron a que la mayoría de los alemanes pudieran aceptar el pasado de su nación, y ningún otro país con un legado tan doloroso ha hecho tanto por enfrentar su historia. El gobierno de Bonn se mantuvo vigilante para evitar que el nazismo o sus líderes pudieran encontrar refugio en alguna parte del país, mientras el cadáver de Hitler permaneció oculto tras el telón de acero, mucho tiempo después de la campaña de desinformación estalinista que sugería que podría haber escapado a la zona occidental al final de la guerra. En 1970, el Kremlin decidió finalmente deshacerse del cadáver de Hitler en un acto de total secretismo, y el proceso fue sombrío y macabro, con las mandíbulas de Hitler, cuidadosamente guardadas por Rzhevskaya en una caja roja durante las celebraciones de Berlín, retenidas por el SMERSH mientras el NKVD se encargó de conservar el cráneo.

Estos restos fueron recientemente descubiertos en los archivos soviéticos, y lo que quedaba de su cuerpo fue exhumado y cremado en una noche, con sus cenizas arrojadas al alcantarillado de Magdeburgo. El cadáver de Hitler no fue el único que carecía de una tumba identificable, ya que las víctimas de la guerra, tanto soldados de ambos bandos como civiles, enterradas en las trincheras y bajo los escombros, son innumerables. Desde 1945, cada año siguen apareciendo cadáveres en lugares como las cumbres de Seelow, los bosques cercanos al sur de la ciudad y en las excavaciones realizadas en la nueva capital de Alemania reunificada, estimándose que se descubren alrededor de 1000 restos humanos al año.

La masacre absurda causada por la vanidad del Führer contrasta fuertemente con las reflexiones de Speer, quien afirmaba que la historia destaca los eventos finales, y la desaparición del régimen nazi, marcada por su incompetencia, su rechazo patológico de la realidad y su brutalidad, se hizo aún más evidente en su final.