El tribunal de Núremberg fue testigo de uno de los momentos más intensos del siglo XX cuando Hermann Göring, el otrora todopoderoso mariscal del Reich nazi, se enfrentó a un interrogatorio brutal que buscaba desentrañar su papel en el régimen de Hitler. Las sesiones, que tuvieron lugar entre el 13 y el 18 de marzo de 1946, revelaron a un hombre que, a pesar de su caída, mantenía un orgullo inquebrantable. Según el psiquiatra de los detenidos, el doctor Douglas Kelly, Göring se consideraba el hombre físicamente mejor formado de Alemania y aceptaba su desgracia con una dignidad que intentaba preservar el prestigio de su autoridad.
Göring nunca se consideró un criminal. Lleno de soberbia, afirmó: “Sí, seré ahorcado, estoy preparado. Pero estoy decidido a pasar a la historia de Alemania como un gran hombre.
Si no puedo convencer al tribunal, al final convenceré al pueblo alemán de que todo lo que hice fue por el gran Reich alemán. Dentro de 50 o 60 años habrá estatuas de Hermann Göring en toda Alemania”. Esta declaración, registrada en las actas, marcó el tono de su defensa: un hombre que creía firmemente en su legado y que desafiaba a la historia a juzgarlo de otra manera.
El interrogatorio comenzó con preguntas básicas sobre su nacimiento y educación. Göring nació el 12 de enero de 1893 en Rosenheim, Baviera, en una familia con conexiones políticas. Su padre fue gobernador de África del Sudoeste y tenía vínculos con Cecil Rhodes.
Göring relató su servicio en la Primera Guerra Mundial, donde fue piloto de combate y recibió la prestigiosa orden Pour le Mérite, el máximo honor militar alemán. Su transición a la política fue gradual, pero su encuentro con Adolf Hitler en 1922 fue decisivo.
Göring explicó que asistió a un mitin en Múnich donde Hitler habló sobre el Tratado de Versalles y la necesidad de unir a las masas trabajadoras alemanas. “Me causó una profunda impresión”, dijo. “Me ofrecí a ayudarlo y él aceptó de inmediato, declarando que nuestro encuentro era una señal del destino”.
Göring se unió al Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (NSDAP) y pronto se convirtió en comandante de las SA, las temidas tropas de asalto. Su tarea era disciplinar a la organización y convertirla en una fuerza confiable.
El testimonio de Göring cubrió los años cruciales de la consolidación del poder nazi, desde el fallido putsch de Múnich en 1923 hasta la designación de Hitler como canciller en 1933. Göring defendió la legalidad de la toma del poder, argumentando que el partido ganó fuerza mediante elecciones legítimas. Sin embargo, cuando se le preguntó sobre las medidas para consolidar el poder, admitió haber creado la Gestapo y los campos de concentración.
“Necesitaba una policía política para proteger al Estado de los enemigos”, declaró, refiriéndose a los comunistas y socialdemócratas.
Uno de los momentos más controvertidos fue su descripción de la creación de los campos de concentración. Göring afirmó que las detenciones preventivas eran necesarias para eliminar el peligro de una guerra civil comunista. “Ordené que esas personas fueran internadas en campos”, dijo, pero evitó asumir la responsabilidad por los abusos posteriores.
“Por supuesto que al principio hubo excesos, pero en comparación con todo lo que había sucedido en el pasado, la revolución alemana fue la más disciplinada de la historia”, argumentó.
La fiscalía, liderada por el juez Robert H. Jackson, presionó a Göring sobre su conocimiento de los crímenes masivos. Cuando se le confrontó con la cifra de cuatro millones de judíos asesinados en Auschwitz, Göring negó saberlo.
“No veo forma de confirmar esa cifra”, respondió. “Himmler mantenía todo en secreto. Ni siquiera Hitler sabía hasta qué punto ocurrían estas cosas”.
Esta afirmación provocó incredulidad en la sala, ya que Göring había sido el segundo hombre del Reich hasta 1943 y estaba al tanto de las políticas de exterminio.
El interrogatorio también reveló las tensiones internas del régimen. Göring describió a Hitler como un líder influenciado por diferentes personas, como Joseph Goebbels, Heinrich Himmler y Martin Bormann. “La principal influencia sobre Hitler hasta 1941 o 1942 fui yo”, afirmó.
“Después, mi influencia disminuyó gradualmente”. Göring intentó desviar la responsabilidad hacia Himmler, a quien calificó como un “engañador” que creó divisiones de las Waffen-SS sin el conocimiento pleno de Hitler.
Uno de los aspectos más impactantes del testimonio fue la confesión de Göring sobre su papel en el plan de ataque contra la Unión Soviética. Admitió que ya en noviembre de 1940, más de seis meses antes de la invasión, su Estado Mayor había elaborado planes para la Operación Barbarroja. “Hice preparativos para un posible conflicto con todos los estados que no estaban en guerra con nosotros, incluida Rusia”, declaró.
Sin embargo, negó que los objetivos fueran anexionar territorios soviéticos, aunque documentos presentados por la fiscalía mostraban lo contrario.
El tribunal también abordó la cuestión de los trabajadores forzados. Göring reconoció que millones de personas fueron obligadas a trabajar en Alemania, pero insistió en que no sabía los detalles de las atrocidades. “No recibí informes sobre el trato a los prisioneros de guerra soviéticos”, dijo, aunque las pruebas indicaban que las órdenes de exterminio eran conocidas en los altos mandos.
El final del interrogatorio fue tan dramático como el inicio. Cuando se le preguntó si aceptaba la responsabilidad por los crímenes del régimen, Göring distinguió entre responsabilidad formal y real. “Soy formalmente responsable de lo que ocurría en mis departamentos, pero no puedo asumir la responsabilidad real de todo lo que no ordené personalmente”, argumentó.
Esta declaración fue recibida con escepticismo por parte de los fiscales, que señalaron que un hombre de su rango no podía ignorar la maquinaria de muerte.
El juicio de Núremberg no solo juzgó a Göring, sino que expuso la complejidad de la complicidad en un régimen totalitario. La defensa del acusado se basó en la lealtad a Hitler y en la ignorancia de los crímenes más atroces. Sin embargo, las pruebas presentadas por la fiscalía demostraron que Göring fue un arquitecto clave del Tercer Reich, desde la creación de la Gestapo hasta la planificación de la guerra de agresión.
Las palabras de Göring resuenan hoy como un recordatorio de la arrogancia del poder. “No me arrepiento de nada”, declaró en un momento del interrogatorio. “Todo lo que hice fue por Alemania”.
Este sentimiento, repetido a lo largo de las sesiones, refleja la mentalidad de un hombre que, incluso frente a la muerte, se negó a aceptar la derrota moral. El tribunal de Núremberg, sin embargo, sentenció a Göring a la horca, aunque este logró evadir la ejecución suicidándose horas antes con una cápsula de cianuro.
El caso Göring sigue siendo un estudio de la psicología del poder y la negación. Su testimonio, lleno de contradicciones y desafíos, ofrece una ventana a la mente de un líder que creía que la historia lo absolvería. Pero la historia, representada por el tribunal internacional, emitió un veredicto diferente.
El brutal interrogatorio de Hermann Göring no solo fue un juicio legal, sino un juicio a la conciencia de una nación que permitió que el nazismo ascendiera al poder.
Ahora, décadas después, el mundo recuerda a Göring no como un gran hombre, sino como un símbolo de la tiranía y la destrucción. Su legado, tal como él lo imaginó, no se materializó en estatuas, sino en la advertencia de lo que sucede cuando el poder no tiene límites. La sesión de Núremberg de 1946 quedará grabada como un momento crucial en la búsqueda de justicia por los crímenes contra la humanidad.


